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tudmir

Dimanche 13 mars 2005

 

Edicto de Milán (313)

 

Yo, Constantino Augusto, y yo también, Licinio Augusto, reunidos felizmente en Milán para tratar de todos los problemas que afectan a la seguridad y al bienestar público, hemos creído nuestro deber tratar junto con los restantes asuntos que veíamos merecían nuestra primera atención el respeto de la divinidad, a fin de conceder tanto a los cristianos como a todos los demás, facultad de seguir libremente la religión que cada cual quiera, de tal modo que toda clase de divinidad que habite la morada celeste nos sea propicia a nosotros y a todos los que están bajo nuestra autoridad. Así pues, hemos tomado esta saludable y rectísima determinación de que a nadie le sea negada la facultad de seguir libremente la religión que ha escogido para su espíritu, sea la cristiana o cualquier otra que crea más conveniente, a fin de que la suprema divinidad, a cuya religión rendimos este libre homenaje, nos preste su acostumbrado favor y benevolencia. Para lo cual es conveniente que tu excelencia sepa que hemos decidido anular completamente las disposiciones que te han sido enviadas anteriormente respecto al nombre de los cristianos, ya que nos parecían hostiles y poco propias de nuestra clemencia, y permitir de ahora en adelante a todos los que quieran observar la religión cristiana, hacerlo libremente sin que esto les suponga ninguna clase de inquietud y molestia.

     

Así pues, hemos creído nuestro deber dar a conocer claramente estas decisiones a tu solicitud para que sepas que hemos otorgado a los cristianos plena y libre facultad de practicar su religión. Y al mismo tiempo que les hemos concedido esto, tu excelencia entenderá que también a los otros ciudadanos les ha sido concedida la facultad de observar libre y abiertamente la religión que hayan escogido como es propio de la paz de nuestra época. Nos ha impulsado a obrar así el deseo de no aparecer como responsables de mermar en nada ninguna clase de culto ni de religión. Y además, por lo que se refiere a los cristianos, hemos decidido que les sean devueltos los locales en donde antes solían reunirse y acerca de lo cual te fueron anteriormente enviadas instrucciones concretas, ya sean propiedad de nuestro fisco o hayan sido comprados por particulares, y que los cristianos no tengan que pagar por ello ningún dinero de ninguna clase de indemnización. Los que hayan recibido estos locales como donación deben devolverlos también inmediatamente a los cristianos, y si los que los han comprado o los recibieron como donación reclaman alguna indemnización de nuestra benevolencia, que se dirijan al vicario para que en nombre de nuestra clemencia decida acerca de ello. Todos estos locales deben ser entregados por intermedio tuyo e inmediatamente sin ninguna clase de demora a la comunidad cristiana. Y como consta que los cristianos poseían no solamente los locales donde se reunían habitualmente, sino también otros pertenecientes a su comunidad, y no posesión de simples particulares, ordenamos que como queda dicho arriba, sin ninguna clase de equívoco ni de oposición, les sean devueltos a su comunidad y a sus iglesias, manteniéndose vigente también para estos casos lo expuesto más arriba (...) De este modo, como ya hemos dicho antes, el favor divino que en tantas y tan importantes ocasiones nos ha estado presente, continuará a nuestro lado constantemente, para éxito de nuestras empresas y para prosperidad del bien público.

     

Y para que el contenido de nuestra generosa ley pueda llegar a conocimiento de todos, convendrá que tú la promulgues y la expongas por todas partes para que todos la conozcan y nadie pueda ignorar las decisiones de nuestra benevolencia.

 

LACTANCIO, De mortibus persecutorum, 48.

 

Par Tudmir Visigotique
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Mardi 22 mars 2005

Concilio de Efeso (431)

Lo realmente interesante del concilio efesíaco es la disputa teológica y de poder en el seno de la Iglesia que determinaría la condena del nestorianismo como movimiento herético. Vamos a ver si soy capaz de explicarlo de forma breve y clara, cosa que dudo:


A principios del siglo V, Nestorio, un monje antioquiano, fue elegido patriarca de Constantinopla. De él se dice que tenía una gran elocuencia y un enorme poder de persuasión de las masas. Fue por ello por lo que el influjo de su predicación tuvo gran relevancia y caló en una significativa parte de la población constantinopolitana. Nestorio sostenía en sus sermones que la Virgen María era solamente madre de Cristo (Christotokos) y no madre de Dios (Theotokos. El término Theotokos pasó de la Iglesia ortodoxa griega a la eslava bajo la forma Bogoroditsa).
 
Y bien, ¿es que este matiz acaso es importante? Pues sí, era fundamental por distintas razones:


En primer lugar, porque estamos hablando del siglo V, cuando los dogmas y los fundamentos teóricos de la Iglesia Cristiana estaban formándose, y el canon se estaba elaborando a partir de discusiones de esta naturaleza.


 
En segundo lugar, porque Nestorio estaba defendiendo, la existencia de dos naturalezas en Cristo, una especie de unión imperfecta y extrínseca entre la naturaleza humana y la divina en Jesucristo. El problema consistía en que si sólo había sido la persona humana la que sufrió la Pasión, la obra de la Redención no pudo tener valor infinito y, por tanto, habría sido insuficiente. Si ésto fuese así, no sólo se había fastidiado el papel redentor de su martirio, sino que su muerte no habría expiado los pecados de la Humanidad.


Obviamente, tanto el papa Celestino I como Cirilo, el patriarca de Alejandría, condenaron la teoría nestoriana como herética.


El emperador Teodosio II intentó calmar la situación convocando un concilio en Éfeso en el año 431. Pues bien, en ese concilio, se declaró que el nestorianismo era una herejía, y que la Virgen María era la madre de Dios, y no la madre de Cristo, haciéndose especial hincapié en la naturaleza divina de Cristo.


Nestorio fue depuesto de su cargo y condenado al destierro, pasando los últimos años de su vida en Egipto. Sus partidarios se dirigieron hacia Persia, donde se establecieron y organizaron una estructura eclesiástica independiente que, de manera marginal y en escaso número, ha subsistido hasta la actualidad.

 

 

Par Tudmir .
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Vendredi 25 mars 2005

 

A raíz de estar buscando alguna imagen de escritura visigótica con la que encabezar este blog (que por cierto, menudo churro me ha quedado, a ver si lo adecento un poco), me vinieron a la cabeza un par de cosas que querría comentar.

La primera de ellas es una conversación que mantuve con mi amigo Luis, amante de la historia bizantina, sobre la naturaleza de "mis fuentes", es decir, los textos sobre los que obtengo información para elaborar mi trabajo. Afortunadamente, la práctica totalidad de las fuentes de época visigótica están publicadas. Las compilaciones jurídicas (como las Leges Visigothorum o el Codex Theodosianum); las fuentes epigráficas (inscripciones y las infernales pizarras visigodas); las literarias (Historia Wambae Regis de Julián de Toledo, o la Historia Gothorum de Isidoro de Sevilla, por poner dos ejemplos significativos); los modelos notariales (Formulae Wisigothicae); las actas conciliares, etc.

Apenas quedan documentos escritos de la época en papiro o pergamino en España, pues aquí no hemos tenido la suerte de encontrar archivos repletos de papiros como el de Rávena, o incluso documentación tan sugerente como las tablillas de madera de Vindolandia (en las que aparece una enorme diversidad de información: registros de ganado; poemas de Virgilio; cartas; textos escolares de aprendizaje; ...).

De lo que sí quedó constancia durante muchos siglos fue del tipo de escritura. La escritura visigótica es sin duda una de las más complicadas de leer, por la descomunal cantidad de nexos (uniones entre letras) que presenta, más de 150, lo que hace que enfrentarse a un documento redactado en escritura visigótica acabe con la paciencia de cualquiera. Veamos un bonito ejemplo:

 

 

El documento es una carta de donación de época astur-leonesa, que recoge la donación de una propiedad (fundus) que un tal Quintila y su hijo Ababdella hacen a Segerico, abad del monasterio de Sahagún.

La escritura visigótica sería sustituida entre los siglos XI y XIII en la Península Ibérica por la escritura carolina, introducida con la llegada de los monjes cluniacienses. Es un proceso que se inicia, por lógica influencia del Reino Franco, en el territorio de la Marca Hispánica y que luego afectará al resto de territorios.

Es un tipo de letra mucho más legible y clara, como podemos ver aquí:

 

 

Por cierto, como Zeljko puede ver, entre los signatario que firman el documento hay un tal Porro que aparece junto a Pelagius, Petrus y Monio. Véase el detalle:

 

 

Si algún osado ha llegado hasta aquí, se estará preguntando: "¿y cuál es la otra cosa que nos quería comentar, que este tío se va por las ramas cosa mala?"

Pues bien, la otra cosa, llegados a este punto, es una pequeña curiosidad. Como decía al principio, me acordé mirando estos documentos de dos monjes franceses que trabajaron en la cancillería de Alfonso VII el Emperador, y que aparecen firmando la gran mayoría de textos de este rey castellano-leonés. Veamos un ejemplo:

 

 

Si miramos con más detenimiento la línea inferior:

 

Vemos que junto al Signum Imperatoris (la suscripción regia), aparece lo siguiente: Geraldus scripsit scriptor imperatoris per manum magistri hugonis cancellarii.

Así que, sólo quería señalarle a Hugo que tuvo un tocayo trabajando como canciller en 1135 al servicio de Alfonso VII.

Aquí podemos ver su signum de nuevo:

 

 

Sí, no necesito que nadie me lo diga. Ya sé que se me ha ido la olla y que las cosas que se escriben en un blog deben ser breves, porque si no los lectores se cansan. Ese es el principal reparo que tenía cuando pensaba en hacer uno.

En fin, trataremos de no dormir a nadie la próxima ocasión. Y encima he descuadrado el blog. Tengo mucho que aprender aún.

Par Tudmir Valdis
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Dimanche 27 mars 2005

Cruz occitana

 

En respuesta a una pregunta de Zeljko, voy a tratar de comentar las noticias referentes a la muerte del rey Pedro II El Católico, ocurrida el 13 de septiembre de 1213 en la Batalla de Muret.

En primer lugar, no estaría de más aclarar cuál es la razón por la que este rey es conocido como Pere I en el ámbito de la cultura catalana, lo cual da lugar a confusiones bastante frecuentes. Se debe a que el monarca Pedro I El de Huesca (1094-1101), fue rey aragonés pero no gobernó sobre el territorio de los Condados Catalanes, por lo que tras la unión por el matrimonio de Petronila y Ramón Berenguer IV, sus abuelos, el primer rey Pedro no sería otro que el padre de Jaime I El Conquistador (o Jaume I El Conqueridor, como es conocido en los Països Catalans). En cualquier caso, y ya que el Pedro que nos ocupa fue monarca de la Corona Aragonesa, lo llamaremos como es costumbre en el ámbito de la Historia Medieval, Pedro II.

Fue Pedro un rey bastante peculiar. En el año 1204 fue coronado en Roma por el Papa Inocencio III, declarándose vasallo de san Pedro, y en el año 1212 participó en la célebre Batalla de las Navas de Tolosa contra los almohades.

Contrajo matrimonio con María de Montpellier, pero las fuentes señalan que no se mostró especialmente entusiasmado con ella, renunciando a tener relaciones íntimas con su esposa. Así lo cuenta un cronista que narra el engaño al que fue sometido el rey para paliar este asunto: mientras el rey estaba durmiendo en su aposento, esperando a su habitual amante, un cortejo de religiosos, nobles y notarios acompañaron a María a la habitación de Pedro, y mientras ella se deslizaba de manera furtiva en la cama del monarca, haciéndole creer que era su amante, el resto de la comitiva se quedó toda la noche rezando en la puerta. Cuando los primeros rayos de luz del alba comenzaron a entrar en la estancia, el rey se percató del cambio de acompañante, y saltó enojado del lecho dando unos gritos desmesurados. En ese instante, todos los que esperaban fuera entraron, y le hicieron ver al rey que Dios había querido que las cosas fueran de esa forma, lo cual parece que convenció al católico Pedro. Esta pequeña anécdota, en la que se dice fue concebido el futuro Jaime I, muestra claramente la disposición del monarca a yacer con variadas doncellas y a no guardar excesiva fidelidad a su esposa.

Pasemos ahora a la noche previa a la Batalla de Muret.

 

La Batalla de Muret, Grandes Chroniques de France (c.1460).

Bibliothèque Nationale de France. Ms. fr. 6465, f. 252 vº

 

Al año siguiente de su victoria en las Navas, el rey tuvo que acudir en ayuda de su cuñado, el conde Raimundo de Tolosa, en virtud del vínculo feudovasallático que lo unía a él. La batalla, que tuvo lugar el 13 de septiembre de 1213, fue un auténtico desastre para las tropas tolosano-aragonesas que se enfrentaban al ejército cruzado liderado por el sangriento Simon de Monfort. Se trataba de una guerra movida por intereses religiosos (una cruzada proclamada por el papa Inocencio III para eliminar la herejía cátara que se había hecho muy poderosa en las comarcas languedocianas), bajo la que subyacían los intereses políticos del monarca francés por conquistar los territorios sureños que pertenecían a la Corona de Aragón.

Hay dos versiones, ambas de cuestionable credibilidad, sobre lo que hizo el rey Pedro en la noche previa a la confrontación. El primero, narrado por Vaux de Cernay, cuenta que Pedro escribió una carta a una misteriosa dama en la que le confesaba que entraba en batalla sólo con el fin de impresionarla para poder obtener sus favores carnales. Esta misiva habría sido interceptada por el prior de Pamiers, quien se la mostró a Simon de Monfort, provocando en éste un sentimiento de reprobación por la indignidad de los motivos del monarca aragonés para luchar. En contra de la fiabilidad de esta versión está el hecho de que podría haberse elaborado para deshonrar la memoria del enemigo de las tropas francesas.

La segunda versión, que es la que ha entrado con mayor éxito en el ámbito de la leyenda, es la que aparece en el Llibre dels feyts, crónica elaborada por un cronista catalán por encargo de Jaime I, el hijo de Pedro, para tratar de buscar justificación a la derrota de tan insigne guerrero, que sólo se explicaría a partir de un estado de debilidad extrema provocado por los excesos cometidos durante toda la noche en los placeres de la bebida y la lujuria, que prácticamente impedirían al católico rey Pedro tenerse en pie por la mañana en el campo de batalla.

 

La Cansó, Chanson de la Croisade Albigeoise.

Bibliothèque Nationale de France, fonds français nº 25425, § 140 

 

No podemos saber si alguna de las versiones que recogen las fuentes se ajusta a la realidad. Lo que sí sabemos, a partir de la Crónica de Guillaume de Puylaurens, y de La Cansó de Guillaume de Tudèle, es el relato de los acontecimientos en la propia batalla y la muerte del rey Pedro, que fue bastante absurda.

Según parece, en un momento determinado de la lucha cuerpo a cuerpo, un par de señores del ejército cruzado abatió a un caballero que portaba una lujosa armadura con las insignias del monarca. Los señores comenzaron a gritar con gran alegría: "¡¡¡Hemos matado al rey don Pedro!!!". A escasos metros de la escena, se encontraba el propio rey, quien alzándose la celada y mostrando el rostro proclamó: "¡¡¡No, el rey don Pedro soy yo!!!", con lo que cayeron sobre él varios caballeros que lo derribaron de su cabalgadura y le dieron muerte.

En cuanto las tropas aragonesas y catalanas vieron que su rey había muerto, se inició una desbandada general que propició la derrota.

En otra ocasión, si alguien lo estima oportuno, podríamos hablar del asunto de la herejía cátara, maltratado desde diferentes ámbitos y contaminado por múltiples matices.

 

Par Tudmir
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Vendredi 1 avril 2005

Una herejía en Hispania (I)

Jean-Claude Carrière interpretando a Prisciliano en La vía Láctea, de Luis Buñuel

 

Ya que estoy aprovechando el blog para volcar aquí mis filias y pasiones personales, junto con alguna que otra petición, voy a iniciar aquí una serie en torno a uno de los personajes más interesantes, a mi juicio, de la Antigüedad Tardía, el hereje Prisciliano, que tuvo el dudoso "honor" de convertirse en el primer hereje ejecutado por el brazo secular a instancias de la decisión de la Iglesia. Y además, ese hereje era hispano. Razón de más para dedicarle unas palabras.

Las dificultades a las que nos enfrentamos son las habituales que se encuentra un historiador de la Tardoantigüedad. A la frecuente carencia de fuentes en este período, el análisis de una herejía cristiana se ve determinado por la propia naturaleza de las fuentes y testimonios de la época, procedentes de sermones, actas conciliares, epistolario entre obispos, etc., todos ellos emanados de la entidad que combate para eliminar la disensión dentro de su seno y, por tanto, de naturaleza insidiosa, y con un comportamiento implacable con el adversario. Dentro de este grupo de fuentes podemos considerar los cánones de los Concilios hispano-romanos de Zaragoza I (380), Toledo I (397-400); Toledo II (527); Braga I (561); y Braga II (572); los pertenecientes al Libro XVI, 5 del Código Teodosiano, dedicado a los herejes; la Crónica de Hidacio de Chaves; la carta CCXXXVII de San Agustín dirigida al obispo Ceretio; el capítulo LXX de la obra de Agustín Las herejías; El Commonitorium o consulta de Orosio a Agustín sobre el error de los priscilianistas y origenistas, del hispano Paulo Orosio; y la respuesta del propio obispo de Hipona, A Orosio, contra los priscilianistas y origenistas.

Existe un grupo de escritos que podemos considerar neutrales hacia la figura de Prisciliano y el priscilianismo o, al menos, carentes del tono apologético y acusador de los anteriormente referidos. Son las referencias de Jerónimo de Estridón en su obra De viris Inlustribus, CXXI-CXXIII; y las repetidas alusiones de Sulpicio Severo en su Crónica y sus Diálogos.

Por fortuna, disponemos de una fuente excepcional cuya atribución a la facción priscilianista parece fuera de toda duda. En el año 1885, apareció un manuscrito en la biblioteca de la Universidad de Würzburg, compuesto por once tratados de contenido priscilianista. El profesor Georg Schepss atribuyó su autoría al propio Prisciliano, a partir de su análisis interno y de citas coetáneas a éste como la de San Jerónimo, en la que hace mención a algunos opuscula escritos por él que habrían llegado a sus manos. Pero, desde entonces, el debate historiográfico no ha cesado, y hay quien piensa que se deben a la pluma del también priscilianista Instancio. Son un conjunto de tratados de corte dogmático, en el que se incluye la defensa que el propio grupo hace de sus prácticas y su fe, tratando de mostrar su similitud con la ortodoxia y pretendiendo desmarcarse de las acusaciones de herejía vertidas por los obispos de la Iglesia hispana. En esta línea están los dos primeros tratados, el Liber Apologeticum y la Carta al papa Dámaso.

 

Contexto histórico

Quizás sea necesario esbozar brevemente una imagen del entorno en el que se desarrolla el priscilianismo, su marco geográfico, y la delicada situación en la que se encuentra la Iglesia del momento.

La Iglesia altomedieval se dedicó durante los primeros siglos de su existencia a luchar contra el paganismo, que resultó especialmente difícil de erradicar en algunas zonas. Los innumerables movimientos heréticos que se produjeron en estos años son producto de la confusión existente en materia doctrinal. La lucha contra el paganismo y el carácter de la propia Iglesia cristiana provocaron una situación ideal para la crítica y la heterodoxia. El tránsito que se produce, desde movimiento religioso perseguido a Iglesia triunfante y apoyada por los emperadores, tiene lugar en escasos años. A ello hay que añadir el problema de los textos canónicos del cristianismo y de la depuración de estos, que tuvo lugar también en los primeros años. Es precisamente este aspecto, uno de los puntos de conflicto entre los priscilianistas y los obispos "ortodoxos", ya que los primeros utilizarán textos apócrifos no reconocidos por la Iglesia romana.

Por todo ello, la multiplicación de herejes en la época altomedieval, en la mayoría de los casos, tiene lugar por distintas interpretaciones personales de las Sagradas Escrituras por parte de intelectuales y teólogos, difundidas en los medios eclesiásticos cultos y, por ello, son netamente personalistas. La Iglesia altomedieval se conforma así frente a los herejes, y la ortodoxia toma forma por oposición a las nuevas ideas. Otro aspecto a reseñar es que el aumento de las herejías y el fracaso de las autoridades locales para hacerles frente con eficacia fue uno de los factores de expansión del poder papal en la Iglesia.

Pero tampoco podemos pensar que se trata de un proceso uniforme en todo el territorio imperial. Las diferencias culturales y sociales existentes entre las distintas provincias y su particular modo de entender la religión y la práctica de ella se manifestaron de manera notoria en la distinta naturaleza de las herejías orientales y occidentales. Resulta evidente que los niveles de sutileza dogmática que se alcanzaron en las interpretaciones de los herejes orientales, herederos de siglos de tradición filosófica griega, estaban muy alejados de la naturaleza de las corrientes heréticas occidentales, en las que aparecieron problemas de diferente índole, y no los derivados de una mera interpretación del credo. Son ejemplos como el donatismo africano, donde subyacía la crítica a los laxos durante la persecución cristiana; o el pelagianismo, tras el que podría aparecer un cierto sentimiento de espíritu "nacional" bretón contra los anglosajones.

Parece evidente, a tenor de los estudios realizados, que la zona de influencia del movimiento fue, principalmente, la Gallaecia bajoimperial (un territorio bastante mayor que la Galicia actual), aunque las primeras noticias de la aparición de priscilianistas nos las ofrece el obispo cordobés Higino, que transmitió información de las nefandas acciones de éstos al obispo Hidacio de Mérida. A partir de ello, podríamos inferir que el origen de sus reuniones pudo encontrarse en algún lugar de la Lusitania, estando dentro de la jurisdicción del obispo emeritense. Pero también podríamos pensar en una posible consulta que el obispo Higino realizara a su superior, sobre la manera de actuar ante los priscilianistas de su territorio.

Un elemento que parece resultar determinante a tenor de los acontecimientos posteriores es la proclamación de Flavius Magnus Maximus como emperador, aclamado por sus tropas en Britania en el año 383. El asesinato de Graciano tuvo consecuencias desastrosas para los priscilianistas, ya que el usurpador debía fortalecer su débil e ilegítima posición, y para ello, nada mejor que congraciarse con la Iglesia occidental, que a través de dos de sus representantes, le pedían determinación para erradicar la herejía. Buscaba así el apoyo de una institución poderosa, ante la confrontación con el Augusto legítimo, el hispano Teodosio, quien aconsejado por Ambrosio de Milán, había condenado el priscilianismo, pero había evitado procesos y ejecuciones para no convertir a los herejes en mártires, como posteriormente habría de ocurrir. El usurpador convocó un concilio en Burdeos, en el año 384, donde fueron condenados Prisciliano e Instancio. Y un nuevo proceso tendría lugar en Tréveris, donde se consumaría la tragedia de los priscilianistas.

Parece lógico pensar que Máximo dio su total apoyo a los persegidores de Prisciliano por razones políticas, aunque no debieron de escapársele las interesantes perspectivas económicas, ya que las condenas a muerte y exilio suponían la confiscación de enormes bienes, y mucho más si se tiene en cuenta la enorme necesidad de recaudar dinero a causa de su delicada situación. Los procesados en Tréveris parecen proceder de grupos sociales privilegiados de la aristocracia senatorial provincial, especialmente Eucrocia, viuda de Attius Tiro Delphidius de Burdeos, poeta, abogado y retórico admirado por Ausonio, Jerónimo y Sidonio Apolinar, que acogió a los priscilianistas en sus posesiones de Aquitania en Elusa (Eauze), y su hija Prócula. Parece evidente que el priscilianismo encontró su mayor número de adeptos entre los grupos sociales privilegiados, con nivel económico óptimo y con una educación elitista (al menos en sus primeros momentos). Ello encaja con el modelo de herejía doctrinal, en la que la mayor parte de los que se dejan seducir por la herejía, lo hacen a partir de lecturas alternativas de las Escrituras o interpretaciones o construcciones mentales que no están al alcance del vulgo, y para lo que se requiere una formación cultural e intelectual de entidad.

 

Creo que ya es bastante ladrillo por hoy. Si a alguien le interesa que cuente los acontecimientos que siguieron, manifiéstelo. 

Par Tudmir
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