All apologies

Cementerio francés en las proximidades de Verdún durante la I Guerra Mundial
What else should I be
All apologies
What else should I say
Everyone is gay
What else could I write
I dont have the right
What else should I be
All apologies.
Parafraseemos al desaparecido Cobain para pedir disculpas a todos los lectores de este blog. Ya dije, en los inicios de mis escritos que, del mismo modo que no podía garantizar diversión y entretenimiento en este espacio, tampoco podía asegurar una periodicidad medianamente aceptable.
Hace más de un mes que no escribo por aquí (el blog parece el desolado cementerio de Verdún de la foto superior) y no porque me falten delirios de los que hablar, pues no sólo tengo peticiones pendientes, sino que hay multitud de pasiones personales que me gustaría comentar.
Lo que ocurre es que me encuentro en los meses de conclusión de algo en lo que llevo trabajando desde hace cuatro largos años, y mis plazos temporales han llegado a su fin. Es ahora o nunca, pues mi futuro laboral depende de ello.
Pido pues disculpas a los escasos lectores que se pasan por aquí, que aún no se han olvidado de mi blog y lo continúan visitando con una dedicación admirable para ver si hay algún texto nuevo. Mi gratitud, una vez más, hacia ellos.
Gracias, de corazón.
El invierno de nuestro descontento

Ricardo III, rey de Inglaterra (1483-1485)
Posiblemente, Ricardo III sea mi drama favorito del excepcional autor William Shakespeare. No es éste lugar ni momento para hablar de las numerosas sombras y dudas que se ciernen sobre la figura del bardo inglés, sino para admirar uno de los comienzos de una obra de teatro más demoledores que recuerdo haber leído nunca:
Now is the winter of our discontent
Made glorious summer by this sun of York;
And all the clouds that lour'd upon our house
In the deep bosom of the ocean buried.
Now are our brows bound with victorious wreaths;
Our bruised arms hung up for monuments;
Our stern alarums chang'd to merry meetings,
Our dreadful marches to delightful measures.
Grim-visag'd war hath smooth'd his wrinkled front,
And now, instead of mounting barbed steeds
To fright the souls of fearful adversaries,
He capers nimbly in a lady's chamber
To the lascivious pleasing of a lute.
But I-that am not shap'd for sportive tricks,
Nor made to court an amorous looking-glass-
I-that am rudely stamp'd, and want love's majesty
To strut before a wanton ambling nymph-
I-that am curtail'd of this fair proportion,
Cheated of feature by dissembling nature,
Deform'd, unfinish'd, sent before my time
Into this breathing world scarce half made up,
And that so lamely and unfashionable
That dogs bark at me as I halt by them-
Why, I, in this weak piping time of peace,
Have no delight to pass away the time,
Unless to spy my shadow in the sun
And descant on mine own deformity.
And therefore, since I cannot prove a lover
To entertain these fair well-spoken days,
I am determined to prove a villain
And hate the idle pleasures of these days.
Si los Hados me son propicios, finalizado será esta noche el artículo, que ahora es menester que me retire al lecho.
Sigamos pues. No es que los Hados me hayan sido propicios, pero es que Miada es implacable, y no parece aceptar promesas incumplidas.
Al Pacino, en su película Looking for Richard, analiza de forma bastante amena este pasaje introductorio. Pero, como yo disto de ser ameno cuando escribo, lo haré a mi prolija manera. Luego no digan que no les aviso.
El invierno de nuestro descontento hace alusión a la Guerra de las 2 Rosas que tuvo lugar en Inglaterra entre 1455 y 1485, que representa la última lucha en el país entre el autoritarismo monárquico y las aspiraciones de la nobleza. La dinastía York (rosa blanca) venció a los Lancaster (rosa roja). Según los versos, las nubes de la guerra han desaparecido y ahora brilla el sol de York, agudo juego de palabras, pues Richard es uno de los 3 hijos (sun-son) de York. Ricardo es un York y su hermano, Eduardo IV es el rey, pero él se siente mal (discontent) porque la guerra ha acabado y está desubicado ya que llega la hora de las relaciones humanas, la seducción de las doncellas, cuando los caballeros ya no aterrorizan al enemigo, y abandonan sus corceles para introducirse subrepticiamente en el lecho de las damas para entregarse a la lascivia.
Pero Ricardo no está hecho para cortejar delante de un amoroso espejo. Como señala, es deforme; jorobado; inacabado (unfinished); un niño que fue prematuro (sent before my time); tan desagradable a la vista que los perros le ladran cuando pasa junto a ellos. Y se pregunta: ¿Por qué yo, en este tiempo de fiestas y alegría, no encuentro entretenimientos que me hagan pasar el rato, salvo contemplar mi sombra proyectada por el sol y discurrir sobre mi propia deformidad?
Así que, ya que no puede ser amado ni disfrutar de estos alegres días, está decidido a ser un villano, y odiar los vanos goces de estos días. Hay que destacar que se produce una exageración de las características físicas de Ricardo por parte de Shakespeare para hacer el personaje más detestable por el público y dramatizar su perfidia. Uno de los personajes más infames y miserables que jamás hayan sido creados por alguien, con una crueldad sin límites.
Si he colgado el texto en inglés no es por una muestra gratuita de pedantería, sino por la musicalidad que otorga al texto la construcción habitual de los versos shakespearianos: el pentámetro yámbico, es decir, versos de cinco pies sobre los que recaen los acentos.
En cualquier caso, y como esta obra da mucho de sí y aún no he llegado a la reflexión que pretendía hacer a partir de sus versos, en cuanto pueda acabaré con ella, estén o no los Hados de por medio.
Vayamos con la última parte. Uno de los pasajes más deslumbrantes tiene lugar en la Escena II del primer acto, cuando Gloucester (Ricardo III) corteja a la bella Lady Anne. Ricardo había matado a su esposo y suegro en la Guerra de las Rosas, pero es capaz de seducirla delante del cadáver de su esposo, en la comitiva fúnebre. Para Gloucester es un reto: ¿Qué dama en tal temple fue vencida? Será mía.
Was ever woman in this humour woo'd?
Was ever woman in this humour won?
I'll have her; but I will not keep her long.
What! I that kill'd her husband and his father-
To take her in her heart's extremest hate,
With curses in her mouth, tears in her eyes,
The bleeding witness of my hatred by.
Ricardo dice a Lady Anne que él mató a los dos hombres, pero sólo fue el verdugo, el efecto, ya que la causa fue la belleza de ella, que en sueños le impelía a darles muerte. Vuestros labios están hechos para los besos, señora, mas no para el desdén.
Y ustedes, pacientes lectores, se preguntarán, ¿nos dirá de una vez cuál es la reflexión a la que piensa llegar tras este largo proemio? Pues bien, la reflexión que siempre me asaltó cada vez que leía esta sensacional obra de teatro es si la seviciosa maldad que mueve al Ricardo III shakespeariano es fruto de su deformidad y la relación con el prójimo que ella conlleva. Me explico: ¿acaso la misantropía y el odio exacerbado de Gloucester se deben a que siempre fue evitado por sus semejantes por su desagradable aspecto físico y ello provocó que naciese este sentimiento de repulsión en su alma hacia la Humanidad?
Les invito a todos a leer esta obra de teatro si no lo han hecho ya. Sus páginas otorgan un goce extremo. Por cierto, ¿creen ustedes, adorados lectores de mi blog, que William Shakespeare es el mejor dramaturgo que ha existido? ¿Piensan que alguien ha sido capaz de escribir mejores obras de teatro? Sean tan amables de decirme si están de acuerdo con ello, o por el contrario, sugiéranme otros nombres que consideren dignos de mayor consideración que el gran bardo inglés.
Memento mori

Vanitas, de Pieter Claesz
La semana pasada fue especialmente difícil para mí. A los ya habituales trastornos académico-laborales que "sufro", uní una experiencia ingrata que no se la desearía ni a mis peores enemigos, en el hipotético caso de que tuviese alguno. Para colmo, mis amables y nunca suficientemente ponderados "hospedadores", tuvieron a bien actualizar el modelo usado para subir estas cosas que son los blogs, y no pude escribir nada nuevo, cosa que tampoco reviste especial trascendencia, pero que me impidió somatizar volcando aquí las experiencias que ahora, tras el paso de los días, parecen tan lejanas como brumosas en mi memoria.
Lo que voy a relatar a continuación tuvo lugar el miércoles de la semana pasada, tras largos años de peregrinación por diferentes organismos públicos y un sinfin de gestiones burocráticas. Resulta que el cementerio más antiguo de mi ciudad, que lleva cerrado desde los años 80, está en fase de desmantelación pues el ayuntamiento ha decidido instalar allí un parque, y para ello, ha ido desalojando a sus antiguos moradores y trasladándolos al nuevo macrocementerio que se construyó en las afueras y que, hasta dentro de varias décadas, no corre peligro de llenar su espacio.
En principio, vaciaron los nichos y todos los enterramientos en superficie, pero le llegó el turno a los panteones familiares. En un prodigio de amabilidad con los familiares de algunos fallecidos y tolerancia con el patrimonio artístico y cultural, se ha decidido respetar los panteones familiares que representen algún valor arquitectónico e histórico para la ciudad. Y ese es el caso de mi familia, que vino aquí a finales del siglo XVIII (poco antes de la apertura del camposanto) y que, como toda familia burguesa de la época, dispone de un panteón que será respetado en el futuro plan de ajardinamiento de la zona. Pero, como no sabemos de qué manera pensarán los gestores políticos dentro de cinco años, y es muy posible que no encuentren salubre ni adecuado tener a niños pequeños jugando alrededor de panteones con restos humanos dentro, decidimos exhumar a mis parientes más cercanos para incinerarlos y darles un reposo más tranquilo.
Vaya por delante, para quien lea estas líneas y no me conozca, que soy un completo ateo, de los más montaraces (con todo lo que ello conlleva), y que no creo ni en el Más Allá, ni en la resurrección de los muertos en cuerpo y alma, ni en cualquier otro tipo de vida post mortem.
Pues bien, por fin el miércoles obtuvimos permiso para sacar los restos de mi padre y mis abuelos del nicho del panteón en el que se encontraban. Afortunadamente, convencí a mi madre para que no asistiese a la exhumación, pues no fue una experiencia nada agradable. Hace ya 27 años del fallecimiento de mi padre, y muchos más desde la muerte de mis abuelos, pero los restos se mantenían en unas condiciones extraordinarias para el tiempo transcurrido.
La escena que viví fue sobrecogedora, no tanto por el hecho de ver un ataúd cuya madera se había descompuesto y degradado tanto que apenas sostenía la carga que portaba, sino porque aquellos huesos que los infernales operarios sacaban con tanto cuidado eran los de aquél que me sentó en sus rodillas y que no pudo vivir a causa de una cruel enfermedad para verme crecer. En mi mente, mientras veía cómo depositaban en una caja de madera los huesos de sus costillas, su fémur, su mandíbula, me atormentaba la idea de no llegar a saber nunca si mi padre se hubiese sentido satisfecho de mí, de lo que soy en la actualidad.
También vinieron a mi pedante cabeza las líneas de una de las cartas de Saulo de Tarso a los corintios:

(1 Cor. 15, 54-55)
Es el célebre pasaje que reza ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?
Por fin concluyeron aquellos interminables minutos de exposición de los cuerpos a las miradas furtivas de los que allí estábamos presentes, y los restos de mi padre y mis abuelos fueron incinerados.
El lunes pasado fueron depositadas las urnas cinerarias en su correspondiente columbario. Mi madre ya está tranquila, después de tantos años de laberínticas e interminables gestiones para lograrlo. Para mí, es un alivio verla así.
Siento el tono y el contenido de este post, pero sentía que tenía que compartirlo con alguien.
El día de la ira

Ilustración de La Biblia de Gustav Doré.
Dies iræ, dies illa,
Día de la ira será aquel en que
Solvet sæclum in favilla
el mundo será reducido a cenizas,
Teste David cum Sybilla.
según los oráculos de David y la Sibila.
Quantus tremor est futurus,
¡Grande será el temor cuando
Quando iudex est venturus,
aparezca el justo Juez a pedir
Cuncta stricte discussurus!
cuentas de lo que hemos hecho!
Pues sí, parece que el Día de la Ira ha llegado, al menos por estos pagos. El artículo que escribí sobre Benedicto XVI y que llevaba por título Habemus Ratzinger ha desaparecido para siempre, junto a varios comentarios que los amabilísimos lectores de este blog me habían hecho, tanto en el referido artículo como en el anterior dedicado a Edvard Munch.
Parece ser que el justo Juez tomó la forma de simpático cracker (es decir, hacker perverso, destructivo y tocapelotas, y no galletita salada de las que tanto gustan a George W.), reventó ayer por la tarde el servidor de over-blog y mandó al limbo todo lo que se escribió por aquí desde entonces hasta esta misma tarde. Los administradores han tenido que tirar de la base de datos que tenían almacenada y eso explica que el blog estuviera como hace un par de días. ¿Castigo divino por haber cuestionado al nuevo vicario de Cristo? Nunca lo sabremos, pero acojona.
Afortunadamente me dio tiempo a leer los atentos comentarios de Nastrud, Hugo, y Stirner (por cierto, les doy la bienvenida a los que escriben por vez primera para dejarme sus impresiones, pues se agradece ver que alguien lee los delirios de uno), aunque no pude responderles pues ya existían problemas en el blog que me impedían escribir. Me comentaba Stirner, sobre los fundamentos teóricos del poder papal, que recordaba haber estudiado durante la carrera el proceso de la mano de Walter Ullmann. Precisamente, a pesar de ser un fenómeno muy estudiado por los medievalistas por sus hondas consecuencias y de existir una vastísima cantidad de páginas al respecto, creo que los que mejor supieron explicar el asunto fueron tanto Ullmann como Kantorowicz, así que ellos serán nuestros guías en el próximo artículo que escriba sobre el tema, tan pronto como me sea posible y San Hermenegildo me ilumine.
Una herejía en Hispania (II)
Lamento el retraso, sinceramente. Vayamos con el epílogo.
El carismático líder mundial visitando la supuesta tumba del apóstol Santiago.
(Fuente: El Mundo)
En cuanto a la doctrina de Prisciliano, las fuentes de la época parecen coincidir al señalar que sus orígenes proceden de las enseñanzas que recibieron de un oriental procedente de Egipto, Marco de Menfis, el rector Helpidio y una matrona hispano- romana de elevada posición social conocida como Ágape. Ambos instruyeron a Prisciliano en el maniqueísmo, el gnosticismo, y las prácticas mágicas y astrales. Todo ello es recogido por Sulpicio Severo en su Crónica, II, 46, 2, posiblemente a partir de las acusaciones de Hidacio e Itacio, y transmitido por otras fuentes como Jerónimo, De viris Inlustribus 121, e Isidoro de Sevilla. Parece lógico pensar que el origen menfita del introductor de las doctrinas fuese una invención del propio Itacio, con el fin de suponerle experiencia en artes mágicas (ya sabemos lo sospechosos que eran los egipcios de practicar estas cosas).
Lo que sí parece claro es el componente oriental de las enseñanzas, entre las que se incluía la teurgia, el gnosticismo y, presumiblemente, la astrología. Se trata de corrientes de pensamiento que se desarrollan en los primeros siglos de nuestra Era y que, al mezclarse con el neoplatonismo, pretenderán atraerse hacia un cristianismo gnóstico a los herederos de la filosofía griega, interesados también por la astrología y el movimiento de los cuerpos celestes. Este tipo de enseñanzas provocaría la acusación de herejía y de prácticas paganas, que conllevaría, en última instancia, la ejecución de los cabecillas en Tréveris.
Otro aspecto que interesa resaltar es la conducta religiosa de los priscilianistas, la práctica cotidiana de una serie de principios y normas de comportamiento como la defensa del ascetismo, exteriorizado en el celibato; la renuncia a los bienes mundanos; la abstención de carne y alcohol, que pone de manifiesto un rigorismo extremo; el apartamiento de la Iglesia durante los períodos de Cuaresma y Navidad; el estudio de las Escrituras en un sentido amplio, incluyendo libros apócrifos; la existencia de grados entre los creyentes según los conocimientos; y la defensa de la igualdad de sexos y estamentos entre los creyentes. De todo ello, podría deducirse que el movimiento priscilianista tenía un gran componente ascético, en unos años en los que esta práctica era habitual en Oriente, pero no se había extendido aún por los territorios occidentales.
El proceso al priscilianismo
Tras el I Concilio Cesaraugustano (380), que se saldó con la condena de tales prácticas, pero en el que no se condenaba nominalmente a los priscilianistas, en un posible pulso entre obispos antipriscilianistas y priscilianistas, éstos últimos se crecieron, y tuvieron la osadía de nombrar al propio Prisciliano obispo de Ávila, diócesis creada ex profeso para tal fin, con el fin de reafirmar su poder. La indignación de Hidacio e Itacio fue mayúscula, y acudieron a Graciano, del que consiguieron un rescripto imperial en el año 381, según el cual se impelía a los priscilianistas a abandonar sus iglesias.
Los obispos priscilianistas Instancio, Salviano y Prisciliano trataron de ser recibidos por el papa Dámaso y por Ambrosio de Milán, en un viaje que realizaron a Roma, para defenderse de las acusaciones. No tuvieron éxito y no fueron recibidos pero, al menos, lograron de Macedonio, magister officinorum de Graciano, un nuevo rescripto autorizándoles a volver a sus sedes.
La muerte de Graciano y el ascenso de Máximo tuvo las consecuencias anteriormente referidas. Tras el Concilio de Burdeos (384), donde fueron condenados, Prisciliano apeló al propio emperador, ya que consideraba que los obispos reunidos en el concilio pretendían desposeerlo de sus atribuciones. Posiblemente fue este el error más trágico de Prisciliano. Al desligarse de la autoridad eclesiástica, el proceso que se desarrolló en Tréveris fue ejemplarizante. Hidacio e Itacio acusaron a Prisciliano e Instancio de brujería; prácticas mágicas; cohabitación con mujeres; predicar desnudos; maniqueísmo; etc. Evodio, prefecto del pretorio de Máximo, logró mediante tortura las confesiones de los acusados, que fueron encontrados culpables a causa de ello, en contra de las protestas de Martín de Tours.
Prisciliano, Felicísimo, Armenio, Latroniano y Eucrocia fueron decapitados a espada, y junto con ellos los diáconos Asarivo y Aurelio. No existe acuerdo entre los cronistas sobre la fecha exacta de la ejecución en Tréveris. Tanto Próspero de Aquitania como Sulpicio Severo señalan el año 385, mientras que el cronista Hidacio de Chaves sostiene que el juicio tuvo lugar en el 385, pero la ejecución en el 387. Instancio y Tiberiano fueron deportados a la isla de Scilly, situada más allá de Britania, tras serles incautados sus bienes. Finalmente, Tertulo, Potamio y Juan, pertenecientes al bajo clero, fueron confinados temporalmente en las Galias.
En lo referente a las medidas que se tomaron posteriormente para acabar con la herejía, el Código Teodosiano es un excelente ejemplo para comprobar la importancia que este aspecto tenía para los legisladores, y la plena identificación de los intereses de Iglesia y Estado en una época tan temprana. Un ejemplo significativo es la definición de herejía como crimen publicum según una ley de Honorio del año 407. Cod. Th. XVI, 5. 40.
Las medidas tomadas por los legisladores contra los herejes parecen estar destinadas a evitar la difusión de ideas contrarias a la ortodoxia. Así, se castiga el proselitismo, separándolos de la comunidad; prohibiendo las reuniones; impidiéndoles construir lugares de culto y celebrar ceremonias, tanto públicas como privadas; o constituir una jerarquía interna. Las penas disuasorias contra los herejes que contravinieran las leyes contemplaban desde elevadas multas o la confiscación de bienes, especialmente los lugares de reunión o culto, hasta el exilio. Son penas que, del mismo modo que con la práctica del paganismo, podían llegar a afectar incluso a los propios funcionarios públicos indulgentes con los heréticos.
El ascetismo de los priscilianistas ha llevado a algunos estudiosos a relacionarlos con la formación del primitivo monacato occidental. La confrontación de los textos del grupo y de las fuentes externas, permiten suponer que el priscilianismo representaría un grado intermedio en la línea que conduce del ascetismo al monacato, y que no había sido aún explorada en Occidente. El fundamento de su conflicto con el episcopado hispano no sería tanto la práctica de la magia y la herejía, sino la polaridad entre el orden comunitario eclesiástico y la organización propia.
Para los priscilianistas, el sentido del ascetismo se explicaba ya que sentían que una práctica radical y extrema de este ascetismo era lo único que podía librarles de los apetitos de la carne y las tentaciones del mundo. En cambio, para los obispos hispanos, se trataba de un movimiento peligroso, con facilidad para ejercer el proselitismo, acentuado por el posible atractivo de su ideal ascético y rigorista. Este ascetismo implica una tendencia a la segregación de miembros de la comunidad, lo que supondría una pérdida del control de la diócesis por parte de los obispos. Ejemplos similares los estaban viviendo los obispos orientales, preocupados por la gran repercusión que estaba teniendo la vía ascética y eremítica, que provocaba desórdenes y la pérdida del control episcopal.
Por último, me gustaría señalar algunos detalles que no dejan de parecerme curiosos. Los historiadores protestantes, como el propio Schepss, consideraron el priscilianismo no como un desvío del dogma, sino como un movimiento de protesta contra la alta jerarquía eclesiástica, y por ello ha sido visto por algunos como un precedente del protestantismo de Lutero.
Además, y espero que mis amigos Elvis y Cadoi me perdonen, resulta molesto comprobar la ligereza con la que algunos "historiadores" se refieren al gallego Prisciliano. Una corriente historiográfica defiende el priscilianismo con tintes nacionalistas, al hablar de "alma gallega" y relacionar las prácticas astrológicas y mágicas con el sustrato celta prerromano, y la democracia existente en el seno del priscilianismo con la existencia de druidesas. El mismísimo Marcelino Menéndez y Pelayo es el responsable de ello en un delirante párrafo que no tiene desperdicio:
"Los celtas admitían la transmigración, y de igual manera los priscilianistas. Unos y otros cultivaban la necromancia o evocación de las almas de los muertos. La superstición astrológica, más desarrollada en el priscilianismo que en ninguna de las sectas hermanas, debió ser favorecida por los restos del culto sidérico, hondamente encarnado en los ritos célticos. El sacerdocio de la mujer no parecía novedad a los que habían venerado a las druidesas (...). Si de alguna manera ha de explicarse el fenómeno del priscilianismo forzoso será recurrir a una de las leyes de la heterodoxia ibérica, que leyes providenciales tiene como todo hecho, aunque parezca aberración y accidente. La raza ibérica es unitaria, y por eso (aun hablando humanamente) he encontrado su natural reposo y asiento en el catolicismo. Pero los raros individuos que en ciertas épocas han tenido la desgracia de apartarse de él, o los que nacieron en otra religión y creencia, buscan siempre la unidad ontológica, siquiera sea vacua y ficticia. Por eso, en todo español no católico, si ha seguido las tendencias de la raza y no se ha limitado a importar forasteras enseñanzas, hay siempre un germen panteísta más o menos desarrollado y enérgico". Historia de los heterodoxos españoles, I, pp. 232 y ss.
Bien es cierto, que algunas prácticas podrían haber resultado más cercanas a la población gallega por encontrarse menos romanizada que otras provincias, pero también resulta palpable que el éxito de priscilianismo en Gallaecia estuvo indisolublemente unido a la irrupción del pueblo suevo, que vio en la herejía priscilianista, un interesante elemento de cohesión interna y diferenciación con el resto de la Península.
Finalmente, queda pendiente un asunto que parece de moda últimamente, y es la posibilidad de que el cuerpo de Prisciliano sea el venerado en Santiago de Compostela al ser tomado por los restos del apóstol.
Las crónicas astures, como la de Alfonso III (c. 900) no mencionan la aparición del cuerpo del apóstol Santiago en Iria Flavia, cuando debía haber sido así, ya que apareció en época de Alfonso II. Tanto Julián de Toledo como Isidoro de Sevilla (ambos viven en época visigoda) dicen en sus obras que Santiago está decapitado en Jerusalén. En cambio, aparece una tumba principal (junto a varias secundarias alrededor de la misma) con un cuerpo decapitado en época de Alfonso II, y el monarca lo utiliza como instrumento ideológico, porque le viene bien desvincularse de la Iglesia toledana que está bajo dominio musulmán y que está defendiendo la herejía adopcionista. De esta manera, no sólo se crea un negocio importantísimo con las peregrinaciones, sino que se vincula con el cristianismo más prístino y ortodoxo.
Es posible que sea Prisciliano el que está enterrado bajo la Catedral de Santiago de Compostela, ya que sabemos que su cadáver fue reclamado por sus seguidores y llevado de vuelta a su lugar de influencia. También sabemos por las fuentes que el lugar donde apareció el supuesto sepulcro de Santiago era un punto de peregrinación popular desde tiempos inmemoriales, lo cual podría tener relación con el mártir al que se le siguió rindiendo culto en Gallaecia. Importantes y autorizadas opiniones como la de Sánchez Albornoz o Chadwick apoyaron la creencia de que es Prisciliano el que está enterrado en el sepulcro compostelano.
Actualmente nadie puede asegurar de manera contundente que ésto sea así, y las pruebas arqueológicas utilizadas desde ciertos sectores clericales para desmantelar esta teoría tampoco son concluyentes.
En cualquier caso, resultaría una hermosa paradoja de justicia poética que la Iglesia católica estuviera venerando la tumba de un hereje ajusticiado a instancias suyas. Y no un hereje cualquiera, sino el primero de la lista.
Ya, ya sé. Este artículo no sólo es un ladrillo, sino que me he ganado a pulso estar condenado durante toda la eternidad. Qué le vamos a hacer.
Para próximas entregas, trataré de ser más breve. Y quizás le dé un giro al blog, y no lo haga monotemático. La Historia está bien, pero en dosis de este tipo, puede ser cargante.




