Memento mori

Vanitas, de Pieter Claesz
La semana pasada fue especialmente difícil para mí. A los ya habituales trastornos académico-laborales que "sufro", uní una experiencia ingrata que no se la desearía ni a mis peores enemigos, en el hipotético caso de que tuviese alguno. Para colmo, mis amables y nunca suficientemente ponderados "hospedadores", tuvieron a bien actualizar el modelo usado para subir estas cosas que son los blogs, y no pude escribir nada nuevo, cosa que tampoco reviste especial trascendencia, pero que me impidió somatizar volcando aquí las experiencias que ahora, tras el paso de los días, parecen tan lejanas como brumosas en mi memoria.
Lo que voy a relatar a continuación tuvo lugar el miércoles de la semana pasada, tras largos años de peregrinación por diferentes organismos públicos y un sinfin de gestiones burocráticas. Resulta que el cementerio más antiguo de mi ciudad, que lleva cerrado desde los años 80, está en fase de desmantelación pues el ayuntamiento ha decidido instalar allí un parque, y para ello, ha ido desalojando a sus antiguos moradores y trasladándolos al nuevo macrocementerio que se construyó en las afueras y que, hasta dentro de varias décadas, no corre peligro de llenar su espacio.
En principio, vaciaron los nichos y todos los enterramientos en superficie, pero le llegó el turno a los panteones familiares. En un prodigio de amabilidad con los familiares de algunos fallecidos y tolerancia con el patrimonio artístico y cultural, se ha decidido respetar los panteones familiares que representen algún valor arquitectónico e histórico para la ciudad. Y ese es el caso de mi familia, que vino aquí a finales del siglo XVIII (poco antes de la apertura del camposanto) y que, como toda familia burguesa de la época, dispone de un panteón que será respetado en el futuro plan de ajardinamiento de la zona. Pero, como no sabemos de qué manera pensarán los gestores políticos dentro de cinco años, y es muy posible que no encuentren salubre ni adecuado tener a niños pequeños jugando alrededor de panteones con restos humanos dentro, decidimos exhumar a mis parientes más cercanos para incinerarlos y darles un reposo más tranquilo.
Vaya por delante, para quien lea estas líneas y no me conozca, que soy un completo ateo, de los más montaraces (con todo lo que ello conlleva), y que no creo ni en el Más Allá, ni en la resurrección de los muertos en cuerpo y alma, ni en cualquier otro tipo de vida post mortem.
Pues bien, por fin el miércoles obtuvimos permiso para sacar los restos de mi padre y mis abuelos del nicho del panteón en el que se encontraban. Afortunadamente, convencí a mi madre para que no asistiese a la exhumación, pues no fue una experiencia nada agradable. Hace ya 27 años del fallecimiento de mi padre, y muchos más desde la muerte de mis abuelos, pero los restos se mantenían en unas condiciones extraordinarias para el tiempo transcurrido.
La escena que viví fue sobrecogedora, no tanto por el hecho de ver un ataúd cuya madera se había descompuesto y degradado tanto que apenas sostenía la carga que portaba, sino porque aquellos huesos que los infernales operarios sacaban con tanto cuidado eran los de aquél que me sentó en sus rodillas y que no pudo vivir a causa de una cruel enfermedad para verme crecer. En mi mente, mientras veía cómo depositaban en una caja de madera los huesos de sus costillas, su fémur, su mandíbula, me atormentaba la idea de no llegar a saber nunca si mi padre se hubiese sentido satisfecho de mí, de lo que soy en la actualidad.
También vinieron a mi pedante cabeza las líneas de una de las cartas de Saulo de Tarso a los corintios:

(1 Cor. 15, 54-55)
Es el célebre pasaje que reza ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?
Por fin concluyeron aquellos interminables minutos de exposición de los cuerpos a las miradas furtivas de los que allí estábamos presentes, y los restos de mi padre y mis abuelos fueron incinerados.
El lunes pasado fueron depositadas las urnas cinerarias en su correspondiente columbario. Mi madre ya está tranquila, después de tantos años de laberínticas e interminables gestiones para lograrlo. Para mí, es un alivio verla así.
Siento el tono y el contenido de este post, pero sentía que tenía que compartirlo con alguien.
No dudo ni por un instante que tu padre estaría más que orgulloso de ti, sé que es imposible que esa duda no pase por tu mente, a mi me ocurre los mismo con mi madre, que sí disfrutó de mi crecer y hasta de ver a su nieta nacer, lo cúal me asegura que sientiése orgullo por mi.
Besos.Adiós.
Ha sido una experiencia amarga, pero ya ha pasado. Que no te pese.
Ánimo en este momento.
Un abrazo.
¿No será acaso esta transcendencia esto que tú estás haciendo ahora con tú padre?. Recordarlo, volver a pensar en él con tal fuerza que pareciera, acaso, que no hubiera muerto todavía. Volver a ponerlo en el mundo, hacerlo presente, no ya sólo en tú vida, sino hacer partícipe de este recuerdo a otras personas, muchas de ellas desconocidas para tí. Hoy he conocido a tú padre, hoy él ha renacido, ha vuelto a la realidad (del lenguaje y la evocación, pero realidad al fin y al cabo). Hoy debes saber que, tan sólo por este gesto, tú padre estaria orgulloso de tí.
slds
Aprovecho para comentar un par de cuestiones que habéis comentado y me parecen muy interesantes. Vuelvo a estar de acuerdo, como viene siendo habitual, con Stirner, pues creo que la trascendencia no es sólo la que se encuentra en la fama de los personajes célebres. Existe otra trascendencia, que en absoluto debe ser de menor valía, que es la que hace que recordemos a anónimas personas fallecidas y mantengamos viva su presencia en nuestra memoria y en la de los que nos escuchan o leen.
Y sí, Quique (bienvenido, por cierto) es imprescindible mantener todos los recuerdos de las personas que nos amaron y a las que amamos. Precisamente, mi mayor frustración, que es la que me llevó a escribir este artículo aunque no lo manifestase de manera diáfana, es que mi padre murió cuando yo era un niño y no guardo ningún recuerdo directo en mi memoria de él.
Eso era lo que me puso más triste, que el único recuerdo que tendré fue el de su exhumación, la contemplación de sus huesos, y el haber portado la urna con sus cenizas hasta el columbario.
Saludos y lo dicho, gracias a todos.
P.S. A ver si saco un poco de tiempo y escribo algo nuevo, que ya toca.