Una herejía en Hispania (II)
Lamento el retraso, sinceramente. Vayamos con el epílogo.
El carismático líder mundial visitando la supuesta tumba del apóstol Santiago.
(Fuente: El Mundo)
En cuanto a la doctrina de Prisciliano, las fuentes de la época parecen coincidir al señalar que sus orígenes proceden de las enseñanzas que recibieron de un oriental procedente de Egipto, Marco de Menfis, el rector Helpidio y una matrona hispano- romana de elevada posición social conocida como Ágape. Ambos instruyeron a Prisciliano en el maniqueísmo, el gnosticismo, y las prácticas mágicas y astrales. Todo ello es recogido por Sulpicio Severo en su Crónica, II, 46, 2, posiblemente a partir de las acusaciones de Hidacio e Itacio, y transmitido por otras fuentes como Jerónimo, De viris Inlustribus 121, e Isidoro de Sevilla. Parece lógico pensar que el origen menfita del introductor de las doctrinas fuese una invención del propio Itacio, con el fin de suponerle experiencia en artes mágicas (ya sabemos lo sospechosos que eran los egipcios de practicar estas cosas).
Lo que sí parece claro es el componente oriental de las enseñanzas, entre las que se incluía la teurgia, el gnosticismo y, presumiblemente, la astrología. Se trata de corrientes de pensamiento que se desarrollan en los primeros siglos de nuestra Era y que, al mezclarse con el neoplatonismo, pretenderán atraerse hacia un cristianismo gnóstico a los herederos de la filosofía griega, interesados también por la astrología y el movimiento de los cuerpos celestes. Este tipo de enseñanzas provocaría la acusación de herejía y de prácticas paganas, que conllevaría, en última instancia, la ejecución de los cabecillas en Tréveris.
Otro aspecto que interesa resaltar es la conducta religiosa de los priscilianistas, la práctica cotidiana de una serie de principios y normas de comportamiento como la defensa del ascetismo, exteriorizado en el celibato; la renuncia a los bienes mundanos; la abstención de carne y alcohol, que pone de manifiesto un rigorismo extremo; el apartamiento de la Iglesia durante los períodos de Cuaresma y Navidad; el estudio de las Escrituras en un sentido amplio, incluyendo libros apócrifos; la existencia de grados entre los creyentes según los conocimientos; y la defensa de la igualdad de sexos y estamentos entre los creyentes. De todo ello, podría deducirse que el movimiento priscilianista tenía un gran componente ascético, en unos años en los que esta práctica era habitual en Oriente, pero no se había extendido aún por los territorios occidentales.
El proceso al priscilianismo
Tras el I Concilio Cesaraugustano (380), que se saldó con la condena de tales prácticas, pero en el que no se condenaba nominalmente a los priscilianistas, en un posible pulso entre obispos antipriscilianistas y priscilianistas, éstos últimos se crecieron, y tuvieron la osadía de nombrar al propio Prisciliano obispo de Ávila, diócesis creada ex profeso para tal fin, con el fin de reafirmar su poder. La indignación de Hidacio e Itacio fue mayúscula, y acudieron a Graciano, del que consiguieron un rescripto imperial en el año 381, según el cual se impelía a los priscilianistas a abandonar sus iglesias.
Los obispos priscilianistas Instancio, Salviano y Prisciliano trataron de ser recibidos por el papa Dámaso y por Ambrosio de Milán, en un viaje que realizaron a Roma, para defenderse de las acusaciones. No tuvieron éxito y no fueron recibidos pero, al menos, lograron de Macedonio, magister officinorum de Graciano, un nuevo rescripto autorizándoles a volver a sus sedes.
La muerte de Graciano y el ascenso de Máximo tuvo las consecuencias anteriormente referidas. Tras el Concilio de Burdeos (384), donde fueron condenados, Prisciliano apeló al propio emperador, ya que consideraba que los obispos reunidos en el concilio pretendían desposeerlo de sus atribuciones. Posiblemente fue este el error más trágico de Prisciliano. Al desligarse de la autoridad eclesiástica, el proceso que se desarrolló en Tréveris fue ejemplarizante. Hidacio e Itacio acusaron a Prisciliano e Instancio de brujería; prácticas mágicas; cohabitación con mujeres; predicar desnudos; maniqueísmo; etc. Evodio, prefecto del pretorio de Máximo, logró mediante tortura las confesiones de los acusados, que fueron encontrados culpables a causa de ello, en contra de las protestas de Martín de Tours.
Prisciliano, Felicísimo, Armenio, Latroniano y Eucrocia fueron decapitados a espada, y junto con ellos los diáconos Asarivo y Aurelio. No existe acuerdo entre los cronistas sobre la fecha exacta de la ejecución en Tréveris. Tanto Próspero de Aquitania como Sulpicio Severo señalan el año 385, mientras que el cronista Hidacio de Chaves sostiene que el juicio tuvo lugar en el 385, pero la ejecución en el 387. Instancio y Tiberiano fueron deportados a la isla de Scilly, situada más allá de Britania, tras serles incautados sus bienes. Finalmente, Tertulo, Potamio y Juan, pertenecientes al bajo clero, fueron confinados temporalmente en las Galias.
En lo referente a las medidas que se tomaron posteriormente para acabar con la herejía, el Código Teodosiano es un excelente ejemplo para comprobar la importancia que este aspecto tenía para los legisladores, y la plena identificación de los intereses de Iglesia y Estado en una época tan temprana. Un ejemplo significativo es la definición de herejía como crimen publicum según una ley de Honorio del año 407. Cod. Th. XVI, 5. 40.
Las medidas tomadas por los legisladores contra los herejes parecen estar destinadas a evitar la difusión de ideas contrarias a la ortodoxia. Así, se castiga el proselitismo, separándolos de la comunidad; prohibiendo las reuniones; impidiéndoles construir lugares de culto y celebrar ceremonias, tanto públicas como privadas; o constituir una jerarquía interna. Las penas disuasorias contra los herejes que contravinieran las leyes contemplaban desde elevadas multas o la confiscación de bienes, especialmente los lugares de reunión o culto, hasta el exilio. Son penas que, del mismo modo que con la práctica del paganismo, podían llegar a afectar incluso a los propios funcionarios públicos indulgentes con los heréticos.
El ascetismo de los priscilianistas ha llevado a algunos estudiosos a relacionarlos con la formación del primitivo monacato occidental. La confrontación de los textos del grupo y de las fuentes externas, permiten suponer que el priscilianismo representaría un grado intermedio en la línea que conduce del ascetismo al monacato, y que no había sido aún explorada en Occidente. El fundamento de su conflicto con el episcopado hispano no sería tanto la práctica de la magia y la herejía, sino la polaridad entre el orden comunitario eclesiástico y la organización propia.
Para los priscilianistas, el sentido del ascetismo se explicaba ya que sentían que una práctica radical y extrema de este ascetismo era lo único que podía librarles de los apetitos de la carne y las tentaciones del mundo. En cambio, para los obispos hispanos, se trataba de un movimiento peligroso, con facilidad para ejercer el proselitismo, acentuado por el posible atractivo de su ideal ascético y rigorista. Este ascetismo implica una tendencia a la segregación de miembros de la comunidad, lo que supondría una pérdida del control de la diócesis por parte de los obispos. Ejemplos similares los estaban viviendo los obispos orientales, preocupados por la gran repercusión que estaba teniendo la vía ascética y eremítica, que provocaba desórdenes y la pérdida del control episcopal.
Por último, me gustaría señalar algunos detalles que no dejan de parecerme curiosos. Los historiadores protestantes, como el propio Schepss, consideraron el priscilianismo no como un desvío del dogma, sino como un movimiento de protesta contra la alta jerarquía eclesiástica, y por ello ha sido visto por algunos como un precedente del protestantismo de Lutero.
Además, y espero que mis amigos Elvis y Cadoi me perdonen, resulta molesto comprobar la ligereza con la que algunos "historiadores" se refieren al gallego Prisciliano. Una corriente historiográfica defiende el priscilianismo con tintes nacionalistas, al hablar de "alma gallega" y relacionar las prácticas astrológicas y mágicas con el sustrato celta prerromano, y la democracia existente en el seno del priscilianismo con la existencia de druidesas. El mismísimo Marcelino Menéndez y Pelayo es el responsable de ello en un delirante párrafo que no tiene desperdicio:
"Los celtas admitían la transmigración, y de igual manera los priscilianistas. Unos y otros cultivaban la necromancia o evocación de las almas de los muertos. La superstición astrológica, más desarrollada en el priscilianismo que en ninguna de las sectas hermanas, debió ser favorecida por los restos del culto sidérico, hondamente encarnado en los ritos célticos. El sacerdocio de la mujer no parecía novedad a los que habían venerado a las druidesas (...). Si de alguna manera ha de explicarse el fenómeno del priscilianismo forzoso será recurrir a una de las leyes de la heterodoxia ibérica, que leyes providenciales tiene como todo hecho, aunque parezca aberración y accidente. La raza ibérica es unitaria, y por eso (aun hablando humanamente) he encontrado su natural reposo y asiento en el catolicismo. Pero los raros individuos que en ciertas épocas han tenido la desgracia de apartarse de él, o los que nacieron en otra religión y creencia, buscan siempre la unidad ontológica, siquiera sea vacua y ficticia. Por eso, en todo español no católico, si ha seguido las tendencias de la raza y no se ha limitado a importar forasteras enseñanzas, hay siempre un germen panteísta más o menos desarrollado y enérgico". Historia de los heterodoxos españoles, I, pp. 232 y ss.
Bien es cierto, que algunas prácticas podrían haber resultado más cercanas a la población gallega por encontrarse menos romanizada que otras provincias, pero también resulta palpable que el éxito de priscilianismo en Gallaecia estuvo indisolublemente unido a la irrupción del pueblo suevo, que vio en la herejía priscilianista, un interesante elemento de cohesión interna y diferenciación con el resto de la Península.
Finalmente, queda pendiente un asunto que parece de moda últimamente, y es la posibilidad de que el cuerpo de Prisciliano sea el venerado en Santiago de Compostela al ser tomado por los restos del apóstol.
Las crónicas astures, como la de Alfonso III (c. 900) no mencionan la aparición del cuerpo del apóstol Santiago en Iria Flavia, cuando debía haber sido así, ya que apareció en época de Alfonso II. Tanto Julián de Toledo como Isidoro de Sevilla (ambos viven en época visigoda) dicen en sus obras que Santiago está decapitado en Jerusalén. En cambio, aparece una tumba principal (junto a varias secundarias alrededor de la misma) con un cuerpo decapitado en época de Alfonso II, y el monarca lo utiliza como instrumento ideológico, porque le viene bien desvincularse de la Iglesia toledana que está bajo dominio musulmán y que está defendiendo la herejía adopcionista. De esta manera, no sólo se crea un negocio importantísimo con las peregrinaciones, sino que se vincula con el cristianismo más prístino y ortodoxo.
Es posible que sea Prisciliano el que está enterrado bajo la Catedral de Santiago de Compostela, ya que sabemos que su cadáver fue reclamado por sus seguidores y llevado de vuelta a su lugar de influencia. También sabemos por las fuentes que el lugar donde apareció el supuesto sepulcro de Santiago era un punto de peregrinación popular desde tiempos inmemoriales, lo cual podría tener relación con el mártir al que se le siguió rindiendo culto en Gallaecia. Importantes y autorizadas opiniones como la de Sánchez Albornoz o Chadwick apoyaron la creencia de que es Prisciliano el que está enterrado en el sepulcro compostelano.
Actualmente nadie puede asegurar de manera contundente que ésto sea así, y las pruebas arqueológicas utilizadas desde ciertos sectores clericales para desmantelar esta teoría tampoco son concluyentes.
En cualquier caso, resultaría una hermosa paradoja de justicia poética que la Iglesia católica estuviera venerando la tumba de un hereje ajusticiado a instancias suyas. Y no un hereje cualquiera, sino el primero de la lista.
Ya, ya sé. Este artículo no sólo es un ladrillo, sino que me he ganado a pulso estar condenado durante toda la eternidad. Qué le vamos a hacer.
Para próximas entregas, trataré de ser más breve. Y quizás le dé un giro al blog, y no lo haga monotemático. La Historia está bien, pero en dosis de este tipo, puede ser cargante.




