Una herejía en Hispania (I)

Jean-Claude Carrière interpretando a Prisciliano en La vía Láctea, de Luis Buñuel
Ya que estoy aprovechando el blog para volcar aquí mis filias y pasiones personales, junto con alguna que otra petición, voy a iniciar aquí una serie en torno a uno de los personajes más interesantes, a mi juicio, de la Antigüedad Tardía, el hereje Prisciliano, que tuvo el dudoso "honor" de convertirse en el primer hereje ejecutado por el brazo secular a instancias de la decisión de la Iglesia. Y además, ese hereje era hispano. Razón de más para dedicarle unas palabras.
Las dificultades a las que nos enfrentamos son las habituales que se encuentra un historiador de la Tardoantigüedad. A la frecuente carencia de fuentes en este período, el análisis de una herejía cristiana se ve determinado por la propia naturaleza de las fuentes y testimonios de la época, procedentes de sermones, actas conciliares, epistolario entre obispos, etc., todos ellos emanados de la entidad que combate para eliminar la disensión dentro de su seno y, por tanto, de naturaleza insidiosa, y con un comportamiento implacable con el adversario. Dentro de este grupo de fuentes podemos considerar los cánones de los Concilios hispano-romanos de Zaragoza I (380), Toledo I (397-400); Toledo II (527); Braga I (561); y Braga II (572); los pertenecientes al Libro XVI, 5 del Código Teodosiano, dedicado a los herejes; la Crónica de Hidacio de Chaves; la carta CCXXXVII de San Agustín dirigida al obispo Ceretio; el capítulo LXX de la obra de Agustín Las herejías; El Commonitorium o consulta de Orosio a Agustín sobre el error de los priscilianistas y origenistas, del hispano Paulo Orosio; y la respuesta del propio obispo de Hipona, A Orosio, contra los priscilianistas y origenistas.
Existe un grupo de escritos que podemos considerar neutrales hacia la figura de Prisciliano y el priscilianismo o, al menos, carentes del tono apologético y acusador de los anteriormente referidos. Son las referencias de Jerónimo de Estridón en su obra De viris Inlustribus, CXXI-CXXIII; y las repetidas alusiones de Sulpicio Severo en su Crónica y sus Diálogos.
Por fortuna, disponemos de una fuente excepcional cuya atribución a la facción priscilianista parece fuera de toda duda. En el año 1885, apareció un manuscrito en la biblioteca de la Universidad de Würzburg, compuesto por once tratados de contenido priscilianista. El profesor Georg Schepss atribuyó su autoría al propio Prisciliano, a partir de su análisis interno y de citas coetáneas a éste como la de San Jerónimo, en la que hace mención a algunos opuscula escritos por él que habrían llegado a sus manos. Pero, desde entonces, el debate historiográfico no ha cesado, y hay quien piensa que se deben a la pluma del también priscilianista Instancio. Son un conjunto de tratados de corte dogmático, en el que se incluye la defensa que el propio grupo hace de sus prácticas y su fe, tratando de mostrar su similitud con la ortodoxia y pretendiendo desmarcarse de las acusaciones de herejía vertidas por los obispos de la Iglesia hispana. En esta línea están los dos primeros tratados, el Liber Apologeticum y la Carta al papa Dámaso.
Contexto histórico
Quizás sea necesario esbozar brevemente una imagen del entorno en el que se desarrolla el priscilianismo, su marco geográfico, y la delicada situación en la que se encuentra la Iglesia del momento.
La Iglesia altomedieval se dedicó durante los primeros siglos de su existencia a luchar contra el paganismo, que resultó especialmente difícil de erradicar en algunas zonas. Los innumerables movimientos heréticos que se produjeron en estos años son producto de la confusión existente en materia doctrinal. La lucha contra el paganismo y el carácter de la propia Iglesia cristiana provocaron una situación ideal para la crítica y la heterodoxia. El tránsito que se produce, desde movimiento religioso perseguido a Iglesia triunfante y apoyada por los emperadores, tiene lugar en escasos años. A ello hay que añadir el problema de los textos canónicos del cristianismo y de la depuración de estos, que tuvo lugar también en los primeros años. Es precisamente este aspecto, uno de los puntos de conflicto entre los priscilianistas y los obispos "ortodoxos", ya que los primeros utilizarán textos apócrifos no reconocidos por la Iglesia romana.
Por todo ello, la multiplicación de herejes en la época altomedieval, en la mayoría de los casos, tiene lugar por distintas interpretaciones personales de las Sagradas Escrituras por parte de intelectuales y teólogos, difundidas en los medios eclesiásticos cultos y, por ello, son netamente personalistas. La Iglesia altomedieval se conforma así frente a los herejes, y la ortodoxia toma forma por oposición a las nuevas ideas. Otro aspecto a reseñar es que el aumento de las herejías y el fracaso de las autoridades locales para hacerles frente con eficacia fue uno de los factores de expansión del poder papal en la Iglesia.
Pero tampoco podemos pensar que se trata de un proceso uniforme en todo el territorio imperial. Las diferencias culturales y sociales existentes entre las distintas provincias y su particular modo de entender la religión y la práctica de ella se manifestaron de manera notoria en la distinta naturaleza de las herejías orientales y occidentales. Resulta evidente que los niveles de sutileza dogmática que se alcanzaron en las interpretaciones de los herejes orientales, herederos de siglos de tradición filosófica griega, estaban muy alejados de la naturaleza de las corrientes heréticas occidentales, en las que aparecieron problemas de diferente índole, y no los derivados de una mera interpretación del credo. Son ejemplos como el donatismo africano, donde subyacía la crítica a los laxos durante la persecución cristiana; o el pelagianismo, tras el que podría aparecer un cierto sentimiento de espíritu "nacional" bretón contra los anglosajones.
Parece evidente, a tenor de los estudios realizados, que la zona de influencia del movimiento fue, principalmente, la Gallaecia bajoimperial (un territorio bastante mayor que la Galicia actual), aunque las primeras noticias de la aparición de priscilianistas nos las ofrece el obispo cordobés Higino, que transmitió información de las nefandas acciones de éstos al obispo Hidacio de Mérida. A partir de ello, podríamos inferir que el origen de sus reuniones pudo encontrarse en algún lugar de la Lusitania, estando dentro de la jurisdicción del obispo emeritense. Pero también podríamos pensar en una posible consulta que el obispo Higino realizara a su superior, sobre la manera de actuar ante los priscilianistas de su territorio.
Un elemento que parece resultar determinante a tenor de los acontecimientos posteriores es la proclamación de Flavius Magnus Maximus como emperador, aclamado por sus tropas en Britania en el año 383. El asesinato de Graciano tuvo consecuencias desastrosas para los priscilianistas, ya que el usurpador debía fortalecer su débil e ilegítima posición, y para ello, nada mejor que congraciarse con la Iglesia occidental, que a través de dos de sus representantes, le pedían determinación para erradicar la herejía. Buscaba así el apoyo de una institución poderosa, ante la confrontación con el Augusto legítimo, el hispano Teodosio, quien aconsejado por Ambrosio de Milán, había condenado el priscilianismo, pero había evitado procesos y ejecuciones para no convertir a los herejes en mártires, como posteriormente habría de ocurrir. El usurpador convocó un concilio en Burdeos, en el año 384, donde fueron condenados Prisciliano e Instancio. Y un nuevo proceso tendría lugar en Tréveris, donde se consumaría la tragedia de los priscilianistas.
Parece lógico pensar que Máximo dio su total apoyo a los persegidores de Prisciliano por razones políticas, aunque no debieron de escapársele las interesantes perspectivas económicas, ya que las condenas a muerte y exilio suponían la confiscación de enormes bienes, y mucho más si se tiene en cuenta la enorme necesidad de recaudar dinero a causa de su delicada situación. Los procesados en Tréveris parecen proceder de grupos sociales privilegiados de la aristocracia senatorial provincial, especialmente Eucrocia, viuda de Attius Tiro Delphidius de Burdeos, poeta, abogado y retórico admirado por Ausonio, Jerónimo y Sidonio Apolinar, que acogió a los priscilianistas en sus posesiones de Aquitania en Elusa (Eauze), y su hija Prócula. Parece evidente que el priscilianismo encontró su mayor número de adeptos entre los grupos sociales privilegiados, con nivel económico óptimo y con una educación elitista (al menos en sus primeros momentos). Ello encaja con el modelo de herejía doctrinal, en la que la mayor parte de los que se dejan seducir por la herejía, lo hacen a partir de lecturas alternativas de las Escrituras o interpretaciones o construcciones mentales que no están al alcance del vulgo, y para lo que se requiere una formación cultural e intelectual de entidad.
Creo que ya es bastante ladrillo por hoy. Si a alguien le interesa que cuente los acontecimientos que siguieron, manifiéstelo.



