El día de la ira

Ilustración de La Biblia de Gustav Doré.
Dies iræ, dies illa,
Día de la ira será aquel en que
Solvet sæclum in favilla
el mundo será reducido a cenizas,
Teste David cum Sybilla.
según los oráculos de David y la Sibila.
Quantus tremor est futurus,
¡Grande será el temor cuando
Quando iudex est venturus,
aparezca el justo Juez a pedir
Cuncta stricte discussurus!
cuentas de lo que hemos hecho!
Pues sí, parece que el Día de la Ira ha llegado, al menos por estos pagos. El artículo que escribí sobre Benedicto XVI y que llevaba por título Habemus Ratzinger ha desaparecido para siempre, junto a varios comentarios que los amabilísimos lectores de este blog me habían hecho, tanto en el referido artículo como en el anterior dedicado a Edvard Munch.
Parece ser que el justo Juez tomó la forma de simpático cracker (es decir, hacker perverso, destructivo y tocapelotas, y no galletita salada de las que tanto gustan a George W.), reventó ayer por la tarde el servidor de over-blog y mandó al limbo todo lo que se escribió por aquí desde entonces hasta esta misma tarde. Los administradores han tenido que tirar de la base de datos que tenían almacenada y eso explica que el blog estuviera como hace un par de días. ¿Castigo divino por haber cuestionado al nuevo vicario de Cristo? Nunca lo sabremos, pero acojona.
Afortunadamente me dio tiempo a leer los atentos comentarios de Nastrud, Hugo, y Stirner (por cierto, les doy la bienvenida a los que escriben por vez primera para dejarme sus impresiones, pues se agradece ver que alguien lee los delirios de uno), aunque no pude responderles pues ya existían problemas en el blog que me impedían escribir. Me comentaba Stirner, sobre los fundamentos teóricos del poder papal, que recordaba haber estudiado durante la carrera el proceso de la mano de Walter Ullmann. Precisamente, a pesar de ser un fenómeno muy estudiado por los medievalistas por sus hondas consecuencias y de existir una vastísima cantidad de páginas al respecto, creo que los que mejor supieron explicar el asunto fueron tanto Ullmann como Kantorowicz, así que ellos serán nuestros guías en el próximo artículo que escriba sobre el tema, tan pronto como me sea posible y San Hermenegildo me ilumine.
Edvard Munch: el pintor de la angustia

Selvportrett med sigarett (Autorretrato con cigarrillo) (1895)
Me gustaría escribir hoy sobre uno de mis pintores favoritos, el noruego Edvard Munch (1863-1944). No voy a recordar nada sobre su vida o su estilo pictórico, pues para ello hay infinidad de páginas interesantes en Internet, como esta, esta otra, o incluso la del propio Museo Munch, ese lugar tan adorable en el que cualquiera puede llevarse un lienzo a casa pues no hay alarmas antirobo y ni siquiera los cuadros están asegurados.
Como decía, para saber más de él y su obra pueden visitarse múltiples lugares, y aquí sólo me limitaré a colgar alguno de sus cuadros y comentar cuáles fueron las impresiones personales que me causaron. Al fin y al cabo, la naturaleza de un blog supongo que debe ser esa, la de transmitir a los demás tus propias impresiones, y no la de soltar un ladrillo de difícil digestión sobre los avatares de Pedro II o la naturaleza del priscilianismo.

Aften på Karl Johan (Atardecer en la calle Karl Johan) (1892)
Siempre me fascinó este cuadro que representa la soledad del individuo ante la masa anónima que pasea por una de las calles principales de Cristianía (la capital noruega, que no tomaría el nombre de Oslo hasta 1924). Los rostros de los anónimos viandantes son aterradores, destacando el del hombre con abrigo negro, que recuerda a una calavera. Al fondo puede verse el Stortinget (el edificio del parlamento noruego). Cuenta la leyenda munchiana que el óleo fue producto de una frustración personal del pintor, pues se había cruzado en esta calle con su amante, y ésta simplemente le sonrió y pasó de largo.
Un cuadro complementario al anterior es el siguiente:

Skrik (El grito) (1893)
El grito representa el pavor ante la ominosa naturaleza, y de nuevo la soledad personal, que esta vez no tiene lugar dentro de la muchedumbre, sino ante el vacío de la inmensidad cósmica. El propio autor describió la experiencia que lo condujo a pintar el más célebre símbolo del Expresionismo pictórico, como puede leerse aquí. A mí me parece uno de los cuadros más sobrecogedores que pueden contemplarse. Cuando vi una de sus copias (existen 4, bueno ahora 3 tras el robo de una de ellas, y más de 50 bocetos y versiones del mismo) en la Nasjonalgalleriet de Oslo me quedé completamente absorto, hipnotizado por la fuerza y el magnetismo que emana su desasosegante composición. Invita a gritar y a compartir la desgarradora desazón del protagonista.

Vampyr (La vampira) (1893-1894)
Vampyr también me cautivó desde siempre. Es uno de esos cuadros que combinan elementos como el amor, la seducción fatal y la muerte, y que recuerdan la temática de La belle dame sans merci, que tanto gustaba a los prerafaelistas (otra de mis debilidades personales, mal que le pese a algún amigo mío, de la que hablaré en otra ocasión): el hombre que sucumbe ante los encantos de una deliciosa mujer, y que pierde la vida por ello. En este hermoso lienzo, de belleza malsana, Munch convierte los cabellos pelirrojos de la vampira en regueros de sangre que simbolizan la muerte y la total entrega del difunto, pero feliz caballero, que cae rendido a los pies de su amada, como puede contemplarse en el tierno abrazo que le dedica.
Y por último, una de las obras más sorprendentes y sensacionales del pintor noruego:

Madonna (1894-1895)
La Madonna que aquí aparece no es la que todo el mundo conoce, sino un estudio de la misma. Si me he decidido por incluir esta imagen y no la del famoso cuadro es porque en este estudio podemos contemplar el marco original con el que fue concebida la obra y que causó un notable escándalo en la puritana sociedad burguesa de Cristiania. El marco que circundaba la obra estaba decorado con espermatozoides y con un feto humano, elementos que no parecían ser los más adecuados para rodear a la Madonna a juicio de sus coetáneos. Por ello, el marco desapareció, y llegó hasta nuestros días el lienzo sin el mismo. El propio Munch proclamó que el cuadro expresaba el orgasmo femenino, un instante en el que el mundo se detiene; donde la vida y la muerte se dan la mano, y que une a todas las generaciones pasadas con las venideras. Una obra repleta de sensualidad y muerte, que plasma a la perfección la angustia vital del pintor.
Una herejía en Hispania (II)
Lamento el retraso, sinceramente. Vayamos con el epílogo.
El carismático líder mundial visitando la supuesta tumba del apóstol Santiago.
(Fuente: El Mundo)
En cuanto a la doctrina de Prisciliano, las fuentes de la época parecen coincidir al señalar que sus orígenes proceden de las enseñanzas que recibieron de un oriental procedente de Egipto, Marco de Menfis, el rector Helpidio y una matrona hispano- romana de elevada posición social conocida como Ágape. Ambos instruyeron a Prisciliano en el maniqueísmo, el gnosticismo, y las prácticas mágicas y astrales. Todo ello es recogido por Sulpicio Severo en su Crónica, II, 46, 2, posiblemente a partir de las acusaciones de Hidacio e Itacio, y transmitido por otras fuentes como Jerónimo, De viris Inlustribus 121, e Isidoro de Sevilla. Parece lógico pensar que el origen menfita del introductor de las doctrinas fuese una invención del propio Itacio, con el fin de suponerle experiencia en artes mágicas (ya sabemos lo sospechosos que eran los egipcios de practicar estas cosas).
Lo que sí parece claro es el componente oriental de las enseñanzas, entre las que se incluía la teurgia, el gnosticismo y, presumiblemente, la astrología. Se trata de corrientes de pensamiento que se desarrollan en los primeros siglos de nuestra Era y que, al mezclarse con el neoplatonismo, pretenderán atraerse hacia un cristianismo gnóstico a los herederos de la filosofía griega, interesados también por la astrología y el movimiento de los cuerpos celestes. Este tipo de enseñanzas provocaría la acusación de herejía y de prácticas paganas, que conllevaría, en última instancia, la ejecución de los cabecillas en Tréveris.
Otro aspecto que interesa resaltar es la conducta religiosa de los priscilianistas, la práctica cotidiana de una serie de principios y normas de comportamiento como la defensa del ascetismo, exteriorizado en el celibato; la renuncia a los bienes mundanos; la abstención de carne y alcohol, que pone de manifiesto un rigorismo extremo; el apartamiento de la Iglesia durante los períodos de Cuaresma y Navidad; el estudio de las Escrituras en un sentido amplio, incluyendo libros apócrifos; la existencia de grados entre los creyentes según los conocimientos; y la defensa de la igualdad de sexos y estamentos entre los creyentes. De todo ello, podría deducirse que el movimiento priscilianista tenía un gran componente ascético, en unos años en los que esta práctica era habitual en Oriente, pero no se había extendido aún por los territorios occidentales.
El proceso al priscilianismo
Tras el I Concilio Cesaraugustano (380), que se saldó con la condena de tales prácticas, pero en el que no se condenaba nominalmente a los priscilianistas, en un posible pulso entre obispos antipriscilianistas y priscilianistas, éstos últimos se crecieron, y tuvieron la osadía de nombrar al propio Prisciliano obispo de Ávila, diócesis creada ex profeso para tal fin, con el fin de reafirmar su poder. La indignación de Hidacio e Itacio fue mayúscula, y acudieron a Graciano, del que consiguieron un rescripto imperial en el año 381, según el cual se impelía a los priscilianistas a abandonar sus iglesias.
Los obispos priscilianistas Instancio, Salviano y Prisciliano trataron de ser recibidos por el papa Dámaso y por Ambrosio de Milán, en un viaje que realizaron a Roma, para defenderse de las acusaciones. No tuvieron éxito y no fueron recibidos pero, al menos, lograron de Macedonio, magister officinorum de Graciano, un nuevo rescripto autorizándoles a volver a sus sedes.
La muerte de Graciano y el ascenso de Máximo tuvo las consecuencias anteriormente referidas. Tras el Concilio de Burdeos (384), donde fueron condenados, Prisciliano apeló al propio emperador, ya que consideraba que los obispos reunidos en el concilio pretendían desposeerlo de sus atribuciones. Posiblemente fue este el error más trágico de Prisciliano. Al desligarse de la autoridad eclesiástica, el proceso que se desarrolló en Tréveris fue ejemplarizante. Hidacio e Itacio acusaron a Prisciliano e Instancio de brujería; prácticas mágicas; cohabitación con mujeres; predicar desnudos; maniqueísmo; etc. Evodio, prefecto del pretorio de Máximo, logró mediante tortura las confesiones de los acusados, que fueron encontrados culpables a causa de ello, en contra de las protestas de Martín de Tours.
Prisciliano, Felicísimo, Armenio, Latroniano y Eucrocia fueron decapitados a espada, y junto con ellos los diáconos Asarivo y Aurelio. No existe acuerdo entre los cronistas sobre la fecha exacta de la ejecución en Tréveris. Tanto Próspero de Aquitania como Sulpicio Severo señalan el año 385, mientras que el cronista Hidacio de Chaves sostiene que el juicio tuvo lugar en el 385, pero la ejecución en el 387. Instancio y Tiberiano fueron deportados a la isla de Scilly, situada más allá de Britania, tras serles incautados sus bienes. Finalmente, Tertulo, Potamio y Juan, pertenecientes al bajo clero, fueron confinados temporalmente en las Galias.
En lo referente a las medidas que se tomaron posteriormente para acabar con la herejía, el Código Teodosiano es un excelente ejemplo para comprobar la importancia que este aspecto tenía para los legisladores, y la plena identificación de los intereses de Iglesia y Estado en una época tan temprana. Un ejemplo significativo es la definición de herejía como crimen publicum según una ley de Honorio del año 407. Cod. Th. XVI, 5. 40.
Las medidas tomadas por los legisladores contra los herejes parecen estar destinadas a evitar la difusión de ideas contrarias a la ortodoxia. Así, se castiga el proselitismo, separándolos de la comunidad; prohibiendo las reuniones; impidiéndoles construir lugares de culto y celebrar ceremonias, tanto públicas como privadas; o constituir una jerarquía interna. Las penas disuasorias contra los herejes que contravinieran las leyes contemplaban desde elevadas multas o la confiscación de bienes, especialmente los lugares de reunión o culto, hasta el exilio. Son penas que, del mismo modo que con la práctica del paganismo, podían llegar a afectar incluso a los propios funcionarios públicos indulgentes con los heréticos.
El ascetismo de los priscilianistas ha llevado a algunos estudiosos a relacionarlos con la formación del primitivo monacato occidental. La confrontación de los textos del grupo y de las fuentes externas, permiten suponer que el priscilianismo representaría un grado intermedio en la línea que conduce del ascetismo al monacato, y que no había sido aún explorada en Occidente. El fundamento de su conflicto con el episcopado hispano no sería tanto la práctica de la magia y la herejía, sino la polaridad entre el orden comunitario eclesiástico y la organización propia.
Para los priscilianistas, el sentido del ascetismo se explicaba ya que sentían que una práctica radical y extrema de este ascetismo era lo único que podía librarles de los apetitos de la carne y las tentaciones del mundo. En cambio, para los obispos hispanos, se trataba de un movimiento peligroso, con facilidad para ejercer el proselitismo, acentuado por el posible atractivo de su ideal ascético y rigorista. Este ascetismo implica una tendencia a la segregación de miembros de la comunidad, lo que supondría una pérdida del control de la diócesis por parte de los obispos. Ejemplos similares los estaban viviendo los obispos orientales, preocupados por la gran repercusión que estaba teniendo la vía ascética y eremítica, que provocaba desórdenes y la pérdida del control episcopal.
Por último, me gustaría señalar algunos detalles que no dejan de parecerme curiosos. Los historiadores protestantes, como el propio Schepss, consideraron el priscilianismo no como un desvío del dogma, sino como un movimiento de protesta contra la alta jerarquía eclesiástica, y por ello ha sido visto por algunos como un precedente del protestantismo de Lutero.
Además, y espero que mis amigos Elvis y Cadoi me perdonen, resulta molesto comprobar la ligereza con la que algunos "historiadores" se refieren al gallego Prisciliano. Una corriente historiográfica defiende el priscilianismo con tintes nacionalistas, al hablar de "alma gallega" y relacionar las prácticas astrológicas y mágicas con el sustrato celta prerromano, y la democracia existente en el seno del priscilianismo con la existencia de druidesas. El mismísimo Marcelino Menéndez y Pelayo es el responsable de ello en un delirante párrafo que no tiene desperdicio:
"Los celtas admitían la transmigración, y de igual manera los priscilianistas. Unos y otros cultivaban la necromancia o evocación de las almas de los muertos. La superstición astrológica, más desarrollada en el priscilianismo que en ninguna de las sectas hermanas, debió ser favorecida por los restos del culto sidérico, hondamente encarnado en los ritos célticos. El sacerdocio de la mujer no parecía novedad a los que habían venerado a las druidesas (...). Si de alguna manera ha de explicarse el fenómeno del priscilianismo forzoso será recurrir a una de las leyes de la heterodoxia ibérica, que leyes providenciales tiene como todo hecho, aunque parezca aberración y accidente. La raza ibérica es unitaria, y por eso (aun hablando humanamente) he encontrado su natural reposo y asiento en el catolicismo. Pero los raros individuos que en ciertas épocas han tenido la desgracia de apartarse de él, o los que nacieron en otra religión y creencia, buscan siempre la unidad ontológica, siquiera sea vacua y ficticia. Por eso, en todo español no católico, si ha seguido las tendencias de la raza y no se ha limitado a importar forasteras enseñanzas, hay siempre un germen panteísta más o menos desarrollado y enérgico". Historia de los heterodoxos españoles, I, pp. 232 y ss.
Bien es cierto, que algunas prácticas podrían haber resultado más cercanas a la población gallega por encontrarse menos romanizada que otras provincias, pero también resulta palpable que el éxito de priscilianismo en Gallaecia estuvo indisolublemente unido a la irrupción del pueblo suevo, que vio en la herejía priscilianista, un interesante elemento de cohesión interna y diferenciación con el resto de la Península.
Finalmente, queda pendiente un asunto que parece de moda últimamente, y es la posibilidad de que el cuerpo de Prisciliano sea el venerado en Santiago de Compostela al ser tomado por los restos del apóstol.
Las crónicas astures, como la de Alfonso III (c. 900) no mencionan la aparición del cuerpo del apóstol Santiago en Iria Flavia, cuando debía haber sido así, ya que apareció en época de Alfonso II. Tanto Julián de Toledo como Isidoro de Sevilla (ambos viven en época visigoda) dicen en sus obras que Santiago está decapitado en Jerusalén. En cambio, aparece una tumba principal (junto a varias secundarias alrededor de la misma) con un cuerpo decapitado en época de Alfonso II, y el monarca lo utiliza como instrumento ideológico, porque le viene bien desvincularse de la Iglesia toledana que está bajo dominio musulmán y que está defendiendo la herejía adopcionista. De esta manera, no sólo se crea un negocio importantísimo con las peregrinaciones, sino que se vincula con el cristianismo más prístino y ortodoxo.
Es posible que sea Prisciliano el que está enterrado bajo la Catedral de Santiago de Compostela, ya que sabemos que su cadáver fue reclamado por sus seguidores y llevado de vuelta a su lugar de influencia. También sabemos por las fuentes que el lugar donde apareció el supuesto sepulcro de Santiago era un punto de peregrinación popular desde tiempos inmemoriales, lo cual podría tener relación con el mártir al que se le siguió rindiendo culto en Gallaecia. Importantes y autorizadas opiniones como la de Sánchez Albornoz o Chadwick apoyaron la creencia de que es Prisciliano el que está enterrado en el sepulcro compostelano.
Actualmente nadie puede asegurar de manera contundente que ésto sea así, y las pruebas arqueológicas utilizadas desde ciertos sectores clericales para desmantelar esta teoría tampoco son concluyentes.
En cualquier caso, resultaría una hermosa paradoja de justicia poética que la Iglesia católica estuviera venerando la tumba de un hereje ajusticiado a instancias suyas. Y no un hereje cualquiera, sino el primero de la lista.
Ya, ya sé. Este artículo no sólo es un ladrillo, sino que me he ganado a pulso estar condenado durante toda la eternidad. Qué le vamos a hacer.
Para próximas entregas, trataré de ser más breve. Y quizás le dé un giro al blog, y no lo haga monotemático. La Historia está bien, pero en dosis de este tipo, puede ser cargante.
Una herejía en Hispania (I)

Jean-Claude Carrière interpretando a Prisciliano en La vía Láctea, de Luis Buñuel
Ya que estoy aprovechando el blog para volcar aquí mis filias y pasiones personales, junto con alguna que otra petición, voy a iniciar aquí una serie en torno a uno de los personajes más interesantes, a mi juicio, de la Antigüedad Tardía, el hereje Prisciliano, que tuvo el dudoso "honor" de convertirse en el primer hereje ejecutado por el brazo secular a instancias de la decisión de la Iglesia. Y además, ese hereje era hispano. Razón de más para dedicarle unas palabras.
Las dificultades a las que nos enfrentamos son las habituales que se encuentra un historiador de la Tardoantigüedad. A la frecuente carencia de fuentes en este período, el análisis de una herejía cristiana se ve determinado por la propia naturaleza de las fuentes y testimonios de la época, procedentes de sermones, actas conciliares, epistolario entre obispos, etc., todos ellos emanados de la entidad que combate para eliminar la disensión dentro de su seno y, por tanto, de naturaleza insidiosa, y con un comportamiento implacable con el adversario. Dentro de este grupo de fuentes podemos considerar los cánones de los Concilios hispano-romanos de Zaragoza I (380), Toledo I (397-400); Toledo II (527); Braga I (561); y Braga II (572); los pertenecientes al Libro XVI, 5 del Código Teodosiano, dedicado a los herejes; la Crónica de Hidacio de Chaves; la carta CCXXXVII de San Agustín dirigida al obispo Ceretio; el capítulo LXX de la obra de Agustín Las herejías; El Commonitorium o consulta de Orosio a Agustín sobre el error de los priscilianistas y origenistas, del hispano Paulo Orosio; y la respuesta del propio obispo de Hipona, A Orosio, contra los priscilianistas y origenistas.
Existe un grupo de escritos que podemos considerar neutrales hacia la figura de Prisciliano y el priscilianismo o, al menos, carentes del tono apologético y acusador de los anteriormente referidos. Son las referencias de Jerónimo de Estridón en su obra De viris Inlustribus, CXXI-CXXIII; y las repetidas alusiones de Sulpicio Severo en su Crónica y sus Diálogos.
Por fortuna, disponemos de una fuente excepcional cuya atribución a la facción priscilianista parece fuera de toda duda. En el año 1885, apareció un manuscrito en la biblioteca de la Universidad de Würzburg, compuesto por once tratados de contenido priscilianista. El profesor Georg Schepss atribuyó su autoría al propio Prisciliano, a partir de su análisis interno y de citas coetáneas a éste como la de San Jerónimo, en la que hace mención a algunos opuscula escritos por él que habrían llegado a sus manos. Pero, desde entonces, el debate historiográfico no ha cesado, y hay quien piensa que se deben a la pluma del también priscilianista Instancio. Son un conjunto de tratados de corte dogmático, en el que se incluye la defensa que el propio grupo hace de sus prácticas y su fe, tratando de mostrar su similitud con la ortodoxia y pretendiendo desmarcarse de las acusaciones de herejía vertidas por los obispos de la Iglesia hispana. En esta línea están los dos primeros tratados, el Liber Apologeticum y la Carta al papa Dámaso.
Contexto histórico
Quizás sea necesario esbozar brevemente una imagen del entorno en el que se desarrolla el priscilianismo, su marco geográfico, y la delicada situación en la que se encuentra la Iglesia del momento.
La Iglesia altomedieval se dedicó durante los primeros siglos de su existencia a luchar contra el paganismo, que resultó especialmente difícil de erradicar en algunas zonas. Los innumerables movimientos heréticos que se produjeron en estos años son producto de la confusión existente en materia doctrinal. La lucha contra el paganismo y el carácter de la propia Iglesia cristiana provocaron una situación ideal para la crítica y la heterodoxia. El tránsito que se produce, desde movimiento religioso perseguido a Iglesia triunfante y apoyada por los emperadores, tiene lugar en escasos años. A ello hay que añadir el problema de los textos canónicos del cristianismo y de la depuración de estos, que tuvo lugar también en los primeros años. Es precisamente este aspecto, uno de los puntos de conflicto entre los priscilianistas y los obispos "ortodoxos", ya que los primeros utilizarán textos apócrifos no reconocidos por la Iglesia romana.
Por todo ello, la multiplicación de herejes en la época altomedieval, en la mayoría de los casos, tiene lugar por distintas interpretaciones personales de las Sagradas Escrituras por parte de intelectuales y teólogos, difundidas en los medios eclesiásticos cultos y, por ello, son netamente personalistas. La Iglesia altomedieval se conforma así frente a los herejes, y la ortodoxia toma forma por oposición a las nuevas ideas. Otro aspecto a reseñar es que el aumento de las herejías y el fracaso de las autoridades locales para hacerles frente con eficacia fue uno de los factores de expansión del poder papal en la Iglesia.
Pero tampoco podemos pensar que se trata de un proceso uniforme en todo el territorio imperial. Las diferencias culturales y sociales existentes entre las distintas provincias y su particular modo de entender la religión y la práctica de ella se manifestaron de manera notoria en la distinta naturaleza de las herejías orientales y occidentales. Resulta evidente que los niveles de sutileza dogmática que se alcanzaron en las interpretaciones de los herejes orientales, herederos de siglos de tradición filosófica griega, estaban muy alejados de la naturaleza de las corrientes heréticas occidentales, en las que aparecieron problemas de diferente índole, y no los derivados de una mera interpretación del credo. Son ejemplos como el donatismo africano, donde subyacía la crítica a los laxos durante la persecución cristiana; o el pelagianismo, tras el que podría aparecer un cierto sentimiento de espíritu "nacional" bretón contra los anglosajones.
Parece evidente, a tenor de los estudios realizados, que la zona de influencia del movimiento fue, principalmente, la Gallaecia bajoimperial (un territorio bastante mayor que la Galicia actual), aunque las primeras noticias de la aparición de priscilianistas nos las ofrece el obispo cordobés Higino, que transmitió información de las nefandas acciones de éstos al obispo Hidacio de Mérida. A partir de ello, podríamos inferir que el origen de sus reuniones pudo encontrarse en algún lugar de la Lusitania, estando dentro de la jurisdicción del obispo emeritense. Pero también podríamos pensar en una posible consulta que el obispo Higino realizara a su superior, sobre la manera de actuar ante los priscilianistas de su territorio.
Un elemento que parece resultar determinante a tenor de los acontecimientos posteriores es la proclamación de Flavius Magnus Maximus como emperador, aclamado por sus tropas en Britania en el año 383. El asesinato de Graciano tuvo consecuencias desastrosas para los priscilianistas, ya que el usurpador debía fortalecer su débil e ilegítima posición, y para ello, nada mejor que congraciarse con la Iglesia occidental, que a través de dos de sus representantes, le pedían determinación para erradicar la herejía. Buscaba así el apoyo de una institución poderosa, ante la confrontación con el Augusto legítimo, el hispano Teodosio, quien aconsejado por Ambrosio de Milán, había condenado el priscilianismo, pero había evitado procesos y ejecuciones para no convertir a los herejes en mártires, como posteriormente habría de ocurrir. El usurpador convocó un concilio en Burdeos, en el año 384, donde fueron condenados Prisciliano e Instancio. Y un nuevo proceso tendría lugar en Tréveris, donde se consumaría la tragedia de los priscilianistas.
Parece lógico pensar que Máximo dio su total apoyo a los persegidores de Prisciliano por razones políticas, aunque no debieron de escapársele las interesantes perspectivas económicas, ya que las condenas a muerte y exilio suponían la confiscación de enormes bienes, y mucho más si se tiene en cuenta la enorme necesidad de recaudar dinero a causa de su delicada situación. Los procesados en Tréveris parecen proceder de grupos sociales privilegiados de la aristocracia senatorial provincial, especialmente Eucrocia, viuda de Attius Tiro Delphidius de Burdeos, poeta, abogado y retórico admirado por Ausonio, Jerónimo y Sidonio Apolinar, que acogió a los priscilianistas en sus posesiones de Aquitania en Elusa (Eauze), y su hija Prócula. Parece evidente que el priscilianismo encontró su mayor número de adeptos entre los grupos sociales privilegiados, con nivel económico óptimo y con una educación elitista (al menos en sus primeros momentos). Ello encaja con el modelo de herejía doctrinal, en la que la mayor parte de los que se dejan seducir por la herejía, lo hacen a partir de lecturas alternativas de las Escrituras o interpretaciones o construcciones mentales que no están al alcance del vulgo, y para lo que se requiere una formación cultural e intelectual de entidad.
Creo que ya es bastante ladrillo por hoy. Si a alguien le interesa que cuente los acontecimientos que siguieron, manifiéstelo.

Cruz occitana
En respuesta a una pregunta de Zeljko, voy a tratar de comentar las noticias referentes a la muerte del rey Pedro II El Católico, ocurrida el 13 de septiembre de 1213 en la Batalla de Muret.
En primer lugar, no estaría de más aclarar cuál es la razón por la que este rey es conocido como Pere I en el ámbito de la cultura catalana, lo cual da lugar a confusiones bastante frecuentes. Se debe a que el monarca Pedro I El de Huesca (1094-1101), fue rey aragonés pero no gobernó sobre el territorio de los Condados Catalanes, por lo que tras la unión por el matrimonio de Petronila y Ramón Berenguer IV, sus abuelos, el primer rey Pedro no sería otro que el padre de Jaime I El Conquistador (o Jaume I El Conqueridor, como es conocido en los Països Catalans). En cualquier caso, y ya que el Pedro que nos ocupa fue monarca de la Corona Aragonesa, lo llamaremos como es costumbre en el ámbito de la Historia Medieval, Pedro II.
Fue Pedro un rey bastante peculiar. En el año 1204 fue coronado en Roma por el Papa Inocencio III, declarándose vasallo de san Pedro, y en el año 1212 participó en la célebre Batalla de las Navas de Tolosa contra los almohades.
Contrajo matrimonio con María de Montpellier, pero las fuentes señalan que no se mostró especialmente entusiasmado con ella, renunciando a tener relaciones íntimas con su esposa. Así lo cuenta un cronista que narra el engaño al que fue sometido el rey para paliar este asunto: mientras el rey estaba durmiendo en su aposento, esperando a su habitual amante, un cortejo de religiosos, nobles y notarios acompañaron a María a la habitación de Pedro, y mientras ella se deslizaba de manera furtiva en la cama del monarca, haciéndole creer que era su amante, el resto de la comitiva se quedó toda la noche rezando en la puerta. Cuando los primeros rayos de luz del alba comenzaron a entrar en la estancia, el rey se percató del cambio de acompañante, y saltó enojado del lecho dando unos gritos desmesurados. En ese instante, todos los que esperaban fuera entraron, y le hicieron ver al rey que Dios había querido que las cosas fueran de esa forma, lo cual parece que convenció al católico Pedro. Esta pequeña anécdota, en la que se dice fue concebido el futuro Jaime I, muestra claramente la disposición del monarca a yacer con variadas doncellas y a no guardar excesiva fidelidad a su esposa.
Pasemos ahora a la noche previa a la Batalla de Muret.

La Batalla de Muret, Grandes Chroniques de France (c.1460).
Bibliothèque Nationale de France. Ms. fr. 6465, f. 252 vº
Al año siguiente de su victoria en las Navas, el rey tuvo que acudir en ayuda de su cuñado, el conde Raimundo de Tolosa, en virtud del vínculo feudovasallático que lo unía a él. La batalla, que tuvo lugar el 13 de septiembre de 1213, fue un auténtico desastre para las tropas tolosano-aragonesas que se enfrentaban al ejército cruzado liderado por el sangriento Simon de Monfort. Se trataba de una guerra movida por intereses religiosos (una cruzada proclamada por el papa Inocencio III para eliminar la herejía cátara que se había hecho muy poderosa en las comarcas languedocianas), bajo la que subyacían los intereses políticos del monarca francés por conquistar los territorios sureños que pertenecían a la Corona de Aragón.
Hay dos versiones, ambas de cuestionable credibilidad, sobre lo que hizo el rey Pedro en la noche previa a la confrontación. El primero, narrado por Vaux de Cernay, cuenta que Pedro escribió una carta a una misteriosa dama en la que le confesaba que entraba en batalla sólo con el fin de impresionarla para poder obtener sus favores carnales. Esta misiva habría sido interceptada por el prior de Pamiers, quien se la mostró a Simon de Monfort, provocando en éste un sentimiento de reprobación por la indignidad de los motivos del monarca aragonés para luchar. En contra de la fiabilidad de esta versión está el hecho de que podría haberse elaborado para deshonrar la memoria del enemigo de las tropas francesas.
La segunda versión, que es la que ha entrado con mayor éxito en el ámbito de la leyenda, es la que aparece en el Llibre dels feyts, crónica elaborada por un cronista catalán por encargo de Jaime I, el hijo de Pedro, para tratar de buscar justificación a la derrota de tan insigne guerrero, que sólo se explicaría a partir de un estado de debilidad extrema provocado por los excesos cometidos durante toda la noche en los placeres de la bebida y la lujuria, que prácticamente impedirían al católico rey Pedro tenerse en pie por la mañana en el campo de batalla.

La Cansó, Chanson de la Croisade Albigeoise.
Bibliothèque Nationale de France, fonds français nº 25425, § 140
No podemos saber si alguna de las versiones que recogen las fuentes se ajusta a la realidad. Lo que sí sabemos, a partir de la Crónica de Guillaume de Puylaurens, y de La Cansó de Guillaume de Tudèle, es el relato de los acontecimientos en la propia batalla y la muerte del rey Pedro, que fue bastante absurda.
Según parece, en un momento determinado de la lucha cuerpo a cuerpo, un par de señores del ejército cruzado abatió a un caballero que portaba una lujosa armadura con las insignias del monarca. Los señores comenzaron a gritar con gran alegría: "¡¡¡Hemos matado al rey don Pedro!!!". A escasos metros de la escena, se encontraba el propio rey, quien alzándose la celada y mostrando el rostro proclamó: "¡¡¡No, el rey don Pedro soy yo!!!", con lo que cayeron sobre él varios caballeros que lo derribaron de su cabalgadura y le dieron muerte.
En cuanto las tropas aragonesas y catalanas vieron que su rey había muerto, se inició una desbandada general que propició la derrota.
En otra ocasión, si alguien lo estima oportuno, podríamos hablar del asunto de la herejía cátara, maltratado desde diferentes ámbitos y contaminado por múltiples matices.






